Primera Lectura

Sofonías 2:3, 3:12-13
Primera Lectura: Isaías 9:1-6

¿Por qué habla un profeta?


1 El pueblo que caminaba en la noche divisó una luz grande;
habitaban el oscuro país de la muerte,
pero fueron iluminados.
2 Tú los has bendecido y multiplicado,
los has colmado de alegría.
Es una fiesta ante ti como en un día de siega,
es la alegría de los que reparten el botín.
3 Pues el yugo que soportaban
y la vara sobre sus espaldas,
el látigo de su capataz,
tú los quiebras como en el día de Madián.
4 Los zapatos que hacían retumbar la tierra
y los mantos manchados de sangre
van a ser quemados: el fuego los devorará.
5 Porque un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado;
le ponen en el hombro el distintivo del rey
y proclaman su nombre:
«Consejero admirable,
Dios fuerte, Padre que no muere, Príncipe de la Paz.»

Este poema fue dicho posiblemente en el año 732, cuando el rey de Asiria destruyó al reino de Israel del Norte, el pueblo hermano y enemigo. Según la costumbre de los asirios, llevó al otro extremo de su imperio a una parte de la población. Eran los pobladores del territorio de Zabulón y Neftalí – según versos anteriores, que, siglos después, pasaría a ser la Galilea. Dispersos entre los paganos, salían de la Historia Sagrada para entrar en las tinieblas.

La liberación que se les promete es presentada como una victoria aplastante de Yahveh, que inaugurará un reino de paz, asociado a la persona de Emmanuel, el niño recién nacido.

El pueblo que caminaba en la noche... El Evangelio (Mt 4,15) reconoce en ese pueblo las muchedumbres a las que se dirige Jesús:

    - Pueblo subyugado por los opresores de toda clase.
    - Pueblo que busca la luz y no tiene esperanza.

Un niño nos ha nacido (5): no perderá, al crecer, las cualidades del niño, sino que sabrá poner fin al orgullo de las naciones.

Este niño es sin duda aquel que era llamado Emmanuel en 7,15. Aquí una vez más, su nombre nos dice lo que Dios va a hacer por medio de él. Por su intermedio Dios se va a revelar como el Consejero Admirable, es decir, aquel cuyo «consejo», cuyos planes son de una sabiduría admirable. Dios Padre, como lo era para David, Dios fuerte como lo era para Jacob. El Príncipe de la Paz, es tal vez también Dios, pero lo será al otorgarle la victoria a su rey, a su «mesías» como lo hacía con David.

Como en el caso del nombre de Emmanuel, Dios con nosotros, estas apelaciones que parecen en primer lugar ser para Dios, pueden también aplicarse al futuro rey que será «su» rey, lo que comúnmente expresamos con la palabra Mesías. ¿Es voluntaria o no esta confusión entre Dios y su Mesías? De todas maneras, ella anuncia proféticamente lo que será, en realidad, y lo que para nosotros sigue siendo un gran misterio: que Dios mismo haya venido en la persona de Jesús.

Este nuevo anuncio de una liberación definitiva y de un Salvador no precisa el cuándo. Ya dijimos respecto de 7,10-15 que las promesas de Dios pueden demorarse mucho más de lo que creemos.

En la Biblia abundan los ejemplos de esta promesa de Dios que parece estar por realizarse el día de mañana:

A Abraham se le promete un hijo y nace Isaac; pero la descendencia verdadera es Cristo. Se le promete una tierra para sus hijos, y de hecho poseerán la tierra de Canaán, pero la tierra verdadera es el Reino de Dios. A David se le promete un heredero y un reino definitivo; pero Salomón no es el rey definitivo, lo será Cristo.

Al respecto conviene leer en Hebreos 11 el elogio de aquellos creyentes que, siglo tras siglo, están buscando la ciudad definitiva.

La Biblia educa nuestra esperanza. Nos muestra los diferentes objetivos de la vida, todo lo que Dios nos hace esperar, como los peldaños de una subida a la herencia de la que gozaremos al final de nuestra vida, y al término de la historia. Dios está ya con nosotros desde las primeras etapas. Así, es como el niño que nace en una familia trae consigo toda la alegría del Reino, toda la certeza de Dios que viene a darse en persona.

A fin de apreciar esta lectura a la luz del evento de Navidad, es importante mirar a la situación y al relato que lo define en el libro del profeta Isaías. El Rey Ajaz, el rey joven de Judá (reino del Sur), heredó un trono en el cual los problemas políticos no le calzaban. El rey del Reino del Norte – Israel, había hecho una alianza con Asiria. Esto enfureció al pueblo, ya que drásticamente elevaron sus impuestos. Un grupo de la parte occidental del país unió fuerzas con Damasco para sacar a Siria, que había unido fuerzas con Israel en el norte. Entonces, el reino del Sur, Judá, era un primer blanco para derrocar. El Rey Ajaz entró en pánico y sintió desesperación para unir fuerzas con el Norte, y por lo tanto con Asiria. Isaías conoce a Ajaz y le dice que confíe en Yahveh y que tenga calma. Él le dice a Ajaz que la única manera de negociar con la crisis era mantener una confianza absoluta en Yahveh quien era mucho más fuerte que cualquier poder humano. Dios estaba en alianza con Judá y por lo tanto no los abandonaría. Y tan poco pensaría Dios en abandonar la promesa hecha a David en relación a la eterna dinastía de David. Isaías aseguraba a Ajaz que él debía tener fe. Si su fe era segura, su trono también estaría seguro.

Isaías estaba diciéndole a Ajaz que fuera fuerte y resistiera la tentación de unirse con Siria e Israel en el norte. Yahveh lo protegería. Ajaz no escuchó a Isaías. Isaías le prometió a Ajaz un signo de seguridad que Yahveh haría como había prometido. Ajaz le dijo a Isaías que él no estaba interesado en pedir ninguna señal; él no pensaría en poner a Yahveh a prueba. Isaías se enfureció y le dijo a Ajaz que Yahveh le ofrecería una señal a la casa de David – a la dinastía de David, no a Ajaz. La señal confirmaría que la alianza del norte estaba atontada y que Dios sería fiel a la promesa hecha a David. “El propósito de una señal – en la historia bíblica, era hacer visible y confirmar dramáticamente la verdad y el poder de la palabra de Yahveh dicha por medio de los profetas. Un signo no necesariamente tiene que ser un milagro, en nuestro sentido de la palabra, por su significancia no es tanto en su carácter inusual como en su poder para confirmar una palabra profética hablada en tratado o promesa.” La habilidad de ver signos era una parte importante de la fe de Israel. Los capacitaba para percibir a Dios actuando en la historia humana.

La señal de Isaías fue la promesa del nacimiento de un niño cuyo nombre era Emmanuel – Dios es con nosotros. Isaías profetizó que el nacimiento era inminente. El creía que la madre del niño ya estaba embarazada. Uno se podría preguntar como el nacimiento de un niño podría ser un signo para Ajaz. Isaías atestaba que, a diferencia de Ajaz, el niño sería fiel, líder incambiable del pueblo. Isaías profetizó en respuesta a la corriente de crisis que había en su tiempo. Él no tenía idea que su profecía llegaría a ser la base para la esperanza judía en un futuro mesías. El canto de Isaías en el capítulo 7 llegó a ser parte de la tradición profética mesiánica. Este “niño por venir” iba a compartir el sufrimiento de su pueblo. El niño serviría en una era de juicio y una oportunidad para nuevos comienzos.

En la profecía de Isaías el niño se alimentaba con leche y miel, una referencia a la leche y la miel encontrada en la tierra prometida. Quienes escuchaban a Isaías se daban cuenta de que esa referencia a ese niño sería una señal de esperanza a continuación de un tiempo de incredulidad, de miseria y tribulación. “Porque el propósito de Yahveh no es destruir, sino refinar y limpiar al pueblo remanente. Una vez que el yugo asirio fuera derrotado el niño ascendería al trono como un agente del gobierno de Dios sobre el pueblo. Después el significado de su nombre Emmanuel sería claramente entendido. Las comunidades cristianas primitivas usaban esta profecía como el fundamento para su creencia en Jesús como el Mesías. Este himno profético de Isaías es un canto de esperanza en el Mesías, completada en la persona de Jesús Cristo: Consejero Maravilloso, Dios Portentoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz.

Los profetas usualmente surgen en tiempos de desastres inminentes o problemas actuales. Conectan las condiciones presentes y las aflicciones con las consecuencias del juicio divino. A veces el juicio era negativo, a veces positivo. Isaías habló de lo último. Se acercaban días mejores.

Isaías estaba preocupado por la influencia que los poderes regionales tenían en el pequeño reino. En ese momento, alinear el reino de uno con Asiria al norte o Egipto al sur significaba adoptar a sus dioses y costumbres de adoración. Incluso podría significar rendir homenaje. Obviamente esto no era aceptable para el profeta. No, esperaba un verdadero rey que no hubiera sido contaminado por el mundo. Un rey que podría ofrecer a Yahveh verdadera y pura adoración. El niño que imaginó en estos versos rompería el estrangulamiento que estos poderes tenían en Judea y permitiría la adoración de un solo Dios: Yahveh, el Dios de la nación.

Los cristianos han tomado las palabras de Isaías sobre el nacimiento de un nuevo rey y las han aplicado a Jesús de Nazaret. Pero su nacimiento no rompió los vínculos políticos. Se rompieron los grilletes cósmicos. La muerte y el pecado ya no tienen poder sobre nosotros. La fuerza demoníaca ya no tiene su día. El poder que apuntalaba a los tiranos se había ido.

¿Por qué habló Isaías? Quería que la gente supiera que se acercaba un día mejor. Sin embargo, no entendió completamente que este día no sería simplemente bueno. Sería un gran día. ¡El día que nació el Salvador!

¿Cómo es el día de Navidad un día de esperanza y satisfacción para ti?

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