Domingo 20 de Noviembre del 2022

«Acuérdate, Señor de mí, en tu reino» (Lc 23, 42).

El año litúrgico se cierra con la fiesta de Cristo Rey, celebración global de su misterio de grandeza y de amor infinito.

Primera Lectura

El argumento es introducido por la primera lectura (2 Sm 5,1-3) con el recuerdo de la unción de David para rey y pastor de Israel, figura profética de Cristo, rey y pastor de todos los pueblos. Luego se desarrolla en la segunda lectura (CI 1, 12-20), donde San Pablo ensalza la realeza de Cristo y pasa revista a sus títulos más expresivos. Cristo es rey porque tiene la primacía absoluta delante de Dios y delante de los hombres, en el orden de la creación y en el de la redención. «El es imagen de Dios invisible» (ib 15), imagen perfecta y visible que revela al Padre: el que le ve a él, ve a su Padre (Jn 14,9). Es el «primogénito de toda criatura» (CI 1, 15): primero en el pensamiento y en el amor del Padre, primero por su dignidad infinita que lo antepone a todas las criaturas, primero porque «por medio de él..., por él y para él» (ib16) han sido hechas todas las cosas, habiéndolas Dios llamado a la existencia por medio de él, que es su Palabra eterna. Toda la creación le pertenece; él esa la vez Rey que la rige y Sacerdote que la consagra ofrece al Padre para su gloria. Pero como la creaciónha sido contaminada por el pecado,Cristo que la ha redimido al precio de su sangre, es también Salvador de ella. Los hombres salvados por él constituyen el Reino, la Iglesia, de la que él es Cabeza, Esposo, Pastor y Señor. Por otra parte, por su encarnación, es también hermano de los hombres y por su pasión y muerte es «el primogénito de entre los muertos» (ib 18), que un día resucitarán con él, «primicia» de los resucitados. En verdad Cristo «es el primero en todo» (ib) y en él el hombre lo encuentra todo: la vida, «la redención, el perdón de los pecados» (ib 14). Brota así espontáneo el himno de reconocimiento a Dios Padre que en su Hijo ha querido crear y restaurar todas las cosas y dar a los hombres vida y salvación: «Demos gracias a Dios Padre, «que nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido» (ib 12-13).

Salmo

¡Oh alma mía, tú eres un templo! ¡Dios mío, que sea ella tu reino! Soy y quiero ser tu súbdito; reina soberanamente en mí. Si alguna vez me he alejado de ti, si he tenido la desgracia de rebelarme contra ti, ha sido, Dios mío, porque no te conocía.

¡Oh Bondad infinita!, tú no te cansas ni por la pusilanimidad o por las rebeliones de mí naturaleza; no me pides otra cosa que una fe viva y una voluntad fiel, dirigida por la fe y movida por tu amor. Creo, Señor, quiero creer,sana mi incredulidad. Triunfa sobre mis resistencias. Tú no me subyugas, lo sé, sino para amarme. Someterme a ti equivale a dejarme amar de ti, a darte la libertad de realizar en mí, mal que me pese, mi felicidad. Dispón de mí, Señor; rompe los obstáculos quese oponen en mí al dominio y al triunfo de tu amor.(D. MERCIER,Escritos y discursos).

Segunda Lectura

Esta lectura está relacionada con la realeza de Cristo en que sostiene la creencia de que el Cristo preexistente, el Hijo eterno de Dios, que se encarnó a través de la persona de Jesucristo, es el "cosmocreador", el gobernante del universo. El reinado de Jesús es proclamado y reconocido por la iglesia. El mundo es la arena sobre la que Cristo reina desde su trono.

Evangelio

Esta liberación y este traslado están documentados al vivo en el Evangelio de hoy (Lc 23, 35-43) con el episodio conmovedor del arrepentido ladrón. Jesús está en la cruz; sobre su cabeza cuelga, como escarnio y condena, el título de su realeza: «Este es el Rey de los Judíos» (ib 38). Los jefes y los soldados se burlan de él: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo» (ib 37). Hasta uno de los malhechores colgados al lado, le injuria; el otro, en cambio, movido de temor de Dios, Io defiende: «Lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada»; y dirigiéndose a Jesús, dice: «Acuérdate demícuando llegues a tu reino» (ib41-42). Es un ladrón, y cree en Dios y le teme, se confiesa culpable y reconoce el castigo de sus delitos. La fe le ilumina y, primero entre todos, reconoce la realeza de Jesús, escarnecida y rechazada por los sacerdotes y jefes del pueblo; y la reconoce no delante de Cristo glorioso, sino ante un Cristo humillado y moribundo en el patíbulo. Su fe es premiada: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso» (ib 43).Pide para el futuro, y recibe al punto «hoy». No tendrá que esperar; Jesús ha expiado ya por él, le ha merecido la gracia del perdón; para acogerla ha sido suficiente el arrepentimiento acompañado de la fe. De este modo Cristo desde la cruz atrae a sí alos hombres; es el buen pastor que salva la oveja perdida, el padre que acoge al hijo pródigo, el Rey que establece su reino con el poder del amor y aprecio de su sangre. El que cree y confía en él, podrá escuchar: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».