2 de Marzo del 2022

«Perdónanos, Señor, porque hemos pecado»

«Eres polvo y al polvo volverás» (Gen. 3, 19).Estas palabras, que el Señor pronunciara por primera vez dirigidas a Adán por razón del pecado cometido, las repite hoy la Iglesia a todo cristiano, para recordarle tres verdades fundamentales: su nada, su condición de pecador y la realidad de la muerte.

Primera Lectura

La Cuaresma prepara a los fieles a la celebración del misterio pascual, en el cual precisamente Cristo salva al hombre del pecado y de la muerte eterna y transforma la muerte corporal en un paso a la vida verdadera, a la comunión beatificante y eterna con Dios. El pecado y la muerte son vencidos por Cristo muerto y resucitado y tanto más participará el hombre de semejante victoria cuanto más participe de la muerte y resurrección del Señor.

«Esto dice el Señor: Convertíos a mí de todo corazón, en ayuno, en llanto y en gemidos. Rasgad vuestros corazones y no vuestras vestiduras» (Joel 2,12-13). El elemento esencial de la conversión es en verdad la contrición del corazón: un corazón roto, golpeado por el arrepentimiento de los pecados. Este arrepentimiento sincero incluye de hecho el deseo de cambiar de vida e impulsa a ese cambio real y práctico. Nadie está libre de este empeño: todo hombre, aun el más virtuoso, tiene necesidad de convertirse, es decir, de volver a Dios con más plenitud y fervor, venciendo aquellas debilidades y flaquezas que disminuyen nuestra orientación total hacia El.

Salmo

¡Oh Jesús, qué larga es la vida del hombre aunque se dice que es breve! Breve es, mi Dios, para ganar con ella vida que no se puede acabar; mas muy larga para el alma que se desea verse en la presencia de su Dios.

¡Alma mía, cuándo será aquel dichoso día que te has de ver ahogada en el mar infinito de la suma verdad!... Entonces entrarás en tu descanso cuando te entrañares con este sumo Bien y entendieres lo que entiende y amares lo que ama, y gozares lo que goza. Ya que vieres perdida tu mudable voluntad, ya, ya no más mudanza...; ya no podrás ni desearás poder olvidarte del sumo Bien, ni dejar de gozarle junto con su amor.

¡Bienaventurados los que están escritos en el libro de esta vida! Mas tú, alma mía, si lo eres, ¿por qué estás triste y me conturbas? Espera en mi Dios, que aun ahora me confesaré a él mis pecados y sus misericordias...¡Oh Señor!, más quiero vivir y morir en pretender y esperar la vida eterna que poseer todas las criaturas y todos los bienes que se han de acabar. No me desampares, Señor, porque en ti espero no sea confundida mi esperanza.¡Oh hermanos, oh hermanos e hijos de este Dios! Esforcémonos, esforcémonos, pues sabéis que dice Su Majestad que en pesándonos de haberle ofendido no se acordará de nuestras culpas y maldades. ¡Oh piedad tan sin medida! ¿Qué más queremos? ¿Por ventura hay quien no tuviera vergüenza de pedir tanto? Ahora es tiempo de tomar lo que nos da este Señor piadoso y Dios nuestro. Pues quiere amistades, ¿quién las negará a quien no negó derramar toda su sangre y perder la vida por nosotros? (STA. TERESA DE JESUS, Exclamaciones, 15, 1; 17, 5. 6; 14,3).

Segunda Lectura

La Cuaresma es precisamente el tiempo clásico de esta renovación espiritual: «Ahora es el tiempo propicio, ahora es el tiempo de la salvación» (2 Co 6,2), advierte S. Pablo; pertenece a cada cristiano hacer de él un momento decisivo para la historia de la propia salvación personal. «Os pedimos en nombre de Cristo:reconciliaos con Dios», insiste el Apóstol y añade: «os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios» (ib5, 20; 6, 1). No sólo el que está en pecado mortal tiene necesidad de esta reconciliación con el Señor; toda falta de generosidad, de fidelidad a la gracia impide la amistad íntima con Dios, enfría las relaciones con él, es un rechazo de su amor, y por lo tanto exige arrepentimiento, conversión, reconciliación.

Evangelio

El mismo Jesús indica en el evangelio (Mt 6, 1-6; 16-18)los medios especiales para mantener el esfuerzo de la conversión: la limosna, la oración, el ayuno; e insiste demanera particular en las disposiciones interiores que los hacen eficaces. La limosna «expía los pecados» (Ecli 3,30), cuando es realizada con la intención única de agradar a Dios y de ayudar a quien está necesitado, no cuando se hace para ser alabados. La oración une al hombre con Dios y alcanza su gracia cuando brota del santuario del corazón, pero no cuando se convierte en una vana ostentación o se reduce a un simple decir palabras. El ayuno es sacrificio agradable a Dios y redime las culpas, si la mortificación corporal va acompañada de la otra, sin duda más importante, que es la del amor propio. Sólo entonces, concluye Jesús, «tu Padre que mira en lo secreto te recompensará» (Mt6, 4. 6. 18), es decir, te perdonará los pecados y te concederá gracia siempre más abundante.