Domingo 12 de Diciembre del 2021

«Este es el Dios de mi salvación; en él confío y nada temo»

En la inminencia de la Navidad la liturgia nos invita a la alegría por el grande acontecimiento salvífico que se dispone a celebrar, mientras conti-núa exhortándonos, a la conversión.

Primera Lectura

La alegría es el tema de las dos primeras lecturas. «¡Exulta, hija de Sión! ¡Da voces jubilosas, Israel! ¡Regocíjate con todo el corazón, hija de Jerusa-lén!» (Sf 3, 14). El motivo de tanta alegría no es solamente la restauración de Jerusalén, sino la promesa mesiánica que hace ya gustar al profeta la pre-sencia de Dios entre su pueblo: «Aquel día se dirá... está en medio de ti Yahvé como poderoso salvador» (ib. 16-17). «Aquel día» tan lleno de gozo será el día del nacimiento de Jesús en Belén; pues entonces el Señor se hará presente en el mundo de la manera más concreta, hecho hombre entre los hombres para ser el Salvador poderoso de todos. Si Jerusalén se alboroza con la esperanza de «aquel día», la Iglesia cada año lo conmemora con ale-gría inmensamente más grande. Allí era sólo promesa y esperanza, aquí es realidad y un hecho ya cumplido. Y sin embargo tampoco esto excluye la esperanza porque el hombre está siempre en camino hacia el Señor, el cual, aunque venido ya en la carne, debe volver glorioso al final de los tiempos. El itinerario de la Iglesia se extiende entre estos dos acontecimientos; y del mismo modo que se alegra por el primero, también se alegra por el segundo y exhorta a sus hijos a que se regocijen con ella: «Alegraos siempre en el Señor. Re¬pito: alegraos... ¡El Señor está cerca!» (Flp 4, 4-5). Cerca, porque ya ha venido; cerca, porque volverá; cerca, porque a quien le busca con amor cada Navi-dad trae una nueva gracia para descubrir al Señor y unirse a él de un modo nuevo y más profundo.

Salmo

¡Oh Señor!, ven a nosotros aún antes de tu llegada; antes de aparecer ante el mundo entero, ven a visitarnos en lo más íntimo de nuestra alma... Ven aho-ra a visitarnos en el tiempo que corre entre tu primera y tu última venida, para que tu primera venida no nos sea inútil, y la última no nos traiga una sentencia de condenación. Con tu venida actual quieres corregir nuestra soberbia ha-ciéndonos conformes a la humildad que manifestaste en tu primera venida; entonces podrás trans¬formar nuestro humilde cuerpo haciéndolo semejante al tuyo glorioso, que aparecerá en el momento de tu venida final. Por esto te su-plicamos con la más ardiente oración y con todo nuestro fervor: disponnos a recibir esta visita personal que nos da la gracia del primer adviento y nos pro-mete la gloria del último. Porque tú, ¡oh Dios!, amas la misericordia y la ver-dad, y nos darás la gracia y la gloria: en tu misericordia nos concedes la gracia y en tu verdad nos darás la gloria. (Cfr. GUERRICO DE IGNY, De adventu Domini).

Segunda Lectura

La caridad para con el prójimo, unida a la de Dios, es el punto central de la conversión; el hombre egoísta preocupado sólo de sus intereses debe cambiar de ruta preocupándose de las necesidades y del bien de los hermanos. También a los publicanos y a los soldados que le preguntaban, Juan propone un programa de justicia y de caridad: no exigir más de lo debido, no cometer atropellos, no explotar al prójimo, contentarse con la propia paga. El Bautista no pedía grandes gestos, sino el amor del prójimo concretizado en la generosidad hacia los menesterosos y en la honradez en el cumplimento de la propia profesión. Era como el preludio del mandamiento del amor sobre el cual tanto había de insistir más tarde Jesús. Bastaría orientarse con plenitud en esta dirección para prepararse dignamente a la Navidad. Jesús en su Natividad quiere ser acogido no sólo personalmente, sino también en cada uno de los hombres, sobre todo en los pobres y en los atribulados, con los cuales gusta identificarse: «Tuve hambre, y me disteis de comer..., estaba desnudo, y me vestisteis» (Mt 25, 35-36).

Evangelio

Como preparación a la venida del Señor, San Pablo nos recomienda, con alegría, la bondad: «Vuestra amabi¬lidad sea notoria a todos los hom-bres» (ib. 5). Sobre este tema insiste el Evangelio a través de la predicación del Bautista enderezada a preparar las almas a la venida del Mesías. «Pues ¿qué hemos de hacer?» (Lc 3, 10), le pre¬guntaban las muchedumbres veni-das a oírle. Y él respon¬día: «El que tiene dos túnicas, dé una al que no la tiene, y el que tiene alimentos, haga lo mismo» (ib. 11).