Domingo 5 de Diciembre del 2021

«Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas»

Primera Lectura

Con lenguaje poético el profeta Baruc in-vita a Jerusalén, desolada y desierta por el destierro de sus hijos, a la alegría porque se acerca el día de la salvación y su pueblo volverá a ella conducido por Dios mismo. Jerusalén es figura de la iglesia. También la Iglesia sufre por tantos hijos suyos alejados y dispersos, y también ella es invitada en el Adviento a renovar la esperanza confiando en el Salvador que en cada Navidad renueva místicamente su venida para conducirla a la salvación con todo su pueblo. El pecado aleja a los hombres de Dios y de la iglesia; el camino del retorno es preparado por Dios mismo con la Encarnación de su Unigénito. Y todo el nuevo pueblo de Dios le sale al encuentro en el Ad-viento.

Salmo

¡Oh Señor! No me jacto de mis obras... no alabo las obras de mis manos: temo que si tú las examinas, encontrarás en ellas más pecado que méritos. Sólo una cosa pido y esto espero conseguir: no desprecies las obras de tu mano. Mira en mí tu obra y no la mía, porque, si miras mi obra, me condenarás; pero si miras la tuya, me salvarás. Pues lo que hay en mí de bueno, todo me viene de ti y es tuyo más que mío... Por gracia he sido salvado, por medio de la fe y no por merecimiento mío, sino por don tuyo: no en virtud de mis obras, para que así no tenga ocasión de ensoberbecerme. Hechura tuya soy: plasmado en tu grada junto con mis obras buenas. (S. AGUSTIN In Ps).

Segunda Lectura

La conversión personal lleva consigo también el compromiso de trabajar por el bien de los hermanos y de la comunidad. Esta es la reflexión que brota de la segunda lectura. San Pablo se congratula con los Filipenses por su generosa contribución a la difusión del Evangelio y ruega para que su caridad crezca y se haga más iluminada, haciéndolos «puros e irreprensibles para el día de Cristo y llenos de frutos de justicia» (Flp 1,10-11). En este pasaje paulino domina una perspectiva escatológica, en sintonía con el espíritu del Adviento, y constituye una nueva llamada a acelerar la conversión propia y de los demás, que deberá llevarse a término para «el día de Cristo Jesús (Ib. 6). Pero es necesario recordar que nuestra salvación y la de los demás es obra más de Dios que del hombre. Este debe colaborar con seriedad; pero es Dios quien toma la iniciativa de obra tan grande y quien debe llevarla a cabo (ib.). Sólo con la ayuda de la gracia puede el hombre aparecer «lleno de frutos de justicia» en el último día, porque la justicia, o sea, la santidad se consigue sólo «por Jesucristo» (ib. 11), abriéndose con humildad y. confianza a su acción santificadora.

Evangelio

Los profetas habían hablado de un camino que había que trazar en el desierto para facilitar la vuelta de los desterrados. Pero cuando el Bautista reanuda la predicación de aquéllos y se presenta a las orillas del Jordán como «voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Lc 3, ,4), ya no llama construir sendas materiales, sino a disponer los corazones para recibir al Mesías, que había ya venido y que estaba para empezar su misión. Por eso Juan iba «predicando el bautismo de conversión para la remisión de los pecados» (ib. 4). Convertirse quiere decir purificarse del pecado, enderezar las torceduras del corazón y de la mente, colmar los derrumbes de la inconstancia y del capricho, derribar las pretensiones del orgullo, vencer las resistencias del egoísmo; destruir las asperezas en las relaciones con el prójimo, en una palabra, hacer de la propia vida un camino recto que vaya a Dios sin tortuosidades ni compromisos. Un programa éste que no se agota en solo el Adviento, pero que en cada Adviento debe ser actuado de un modo nuevo y más profundo para disponerse a la venida del Salvador. De esta manera «toda carne [es decir, todo hombre] verá la salvación de Dios» (lb. 6).