Domingo 28 de Noviembre del 2021

«¡Oh Señor!, fortalece nuestros corazones y haznos irrepren-sibles en la santidad para la venida de nuestro Señor Jesucristo»

Primera Lectura

«He aquí que vienen días —oráculo de Yahvé— en que yo cumpliré la buena palabra que yo he pro¬nunciado sobre la casa de Israel... Suscitaré a David un renuevo de justicia» (Jr 33, 14-15). Jeremías anuncia la intención de Dios de cumplir la «buena palabra» o sea la promesa del Salvador que deberá nacer de la descendencia de David, figurado en un «renuevo de jus-ticia». El restablecerá «la justicia y el derecho so¬bre la tierra», es decir, sal-vará a los hombres y los conducirá de nuevo a Dios.

Salmo

A ti elevo mi alma, Yahvé, mi Dios... Acuérdate, ¡oh Yahvé!, de tus misericordias y de tus gracias, pues son desde antiguo... Bueno y recto eres, Señor, por eso señalas a los errados el camino. Guías a los humildes por la justi¬cia y adoctrinas a los pobres en tus sendas. Todas tus sendas son bene-volencia y verdad para los que guardan tu alianza y tus mandamientos. (Salmo 25, 1.6. 8-10).

Segunda Lectura

Esto desea de nosotros y a esto nos exhorta San Pablo: «El Señor os acreciente y haga abundar en caridad de unos con otros y con todos....a fin de fortalecer vuestros corazones y hace¬ros irreprensibles en la santidad... en la venida de nuestro Señor Jesús» (1 Ts 3, 12-13). La justicia y santidad que el Salvador ha venido a traer a la tierra, deben germinar y crecer en el corazón del cristiano y de él desbordarse sobre el mundo.

Evangelio

La realización de este gran acontecimiento que se llevó a cabo con el nacimiento del Salvador, de la Virgen María, es uno de los puntos focales del Ad¬viento. La Iglesia quiere que el pueblo cristiano no se limite a hacer en él sólo una conmemoración tra¬dicional, sino que se prepare a vivir en profundidad el inefable misterio del Verbo de Dios hecho hombre «por nuestra salvación» (Credo). Y como esta salva¬ción será completa, es decir, se extenderá a toda la humanidad sólo al fin de los tiempos, cuando «verán al Hijo del hombre venir en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21, 27), la Iglesia exhorta a los creyentes a vivir siempre en un continuado adviento. El recuerdo de la Navidad del Señor debe ser vivido «en la espera de que se cumpla la bienaventurada esperanza y venga nuestro Salvador Je-sucristo» (Misal Romano). El Señor ha venido, viene y vendrá; hay que-darle gracias, acogerlo y esperarlo. Si la vida del cristiano se sale de esta ór-bita, fracasará rotunda¬mente.

Al iniciar el tiempo del Adviento con la lectura del Evangelio que ha-bla del fin del mundo y de la última venida del Señor, la Iglesia no intenta asustar a sus hijos, sino más bien amonestarlos, advertirlos de que el tiempo pasa, que la vida terrena es tan sólo provisional, y que la meta de las espe-ranzas y de los deseos no puede ser la ciudad terrena, sino la ce¬lestial. Si el mundo actual está sacudido por guerras y desórdenes y se desbanda con ideas falsas y cos¬tumbres depravadas, todo esto debe servirnos de aviso: el hombre que repudia a Dios perece, ya que sólo de él puede ser salvado. Pues entonces «cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención» (Lc 21; 28). La Iglesia sólo mira a suscitar en los cora-zones el deseo y el ansia de la salvación y el anhelo hacia el Salvador. En vez de dejarse sumergir y arrastrar por las vicisitudes terre¬nas, hay que do-minarlas y vivirlas con la vista puesta en la venida del Señor. «Estad aten-tos, no sea que se emboten vuestros corazones por la crápula, la em¬briaguez y las preocupaciones de la vida, y de repente venga sobre vosotros aquel día» (ib. 34). Por el con¬trario, es necesario« velar en todo tiempo y orar» (ib. 36) y valerse del tiempo para progresar en el amor de Dios y del próji-mo.