Domingo 30 de Enero del 2022

«Tú eres mi esperanza, Señor..., mi confianza desde mi juventud

En la sinagoga de Nazaret el primer discurso de Jesús tuvo un resultado semejante al conseguido en la sinagoga de Cafarnaum (Mc 1, 22.27).

Primera Lectura

Esta es la suerte que reserva el mundo a los que, como Cristo, tienen la misión de anunciar la verdad. Lo recuerda la narración bíblica de la vocación de Jeremías, que tan bien se relaciona con el trozo de Lucas meditado hasta aquí. Dios había elegido a Jeremías como profeta aun antes de nacer, mas cuando el joven se sabe por revelación elegido, tiembla y presagiando la vida azarosa que le espera quiere rehusar. Pero Dios le anima: «No temas...,porque yo estoy contigo para librarte» (Jer 1, 8). El hombre elegido por Dios para ser portador de su palabra, puede contar con la gracia divina que le ha prevenido y que le acompañará en toda circunstancia. Las contradicciones,los peligros y riesgos no le faltarán, como no han faltado a los profetas y a Jesús mismo, pero a él le repite Dios, como a Jeremías: «Te harán la guerra, mas no podrán contigo, pues contigo estoy yo... para salvarte» (ib 19).

Salmo

Con todo el corazón te rogamos, Señor, nos concedas luchar con todas las fuerzas del alma y del cuerpo hasta el fin por la verdad. Si llega tiempo en que sea puesta a prueba nuestra fe, porque como el oro se prueba en el crisol, así nuestra fe en el peligro y en las persecuciones—, si estalla una persecución, haz que nos encuentre preparados, para que no se hunda en el invierno nuestra casa y nuestra morada no sea destruida por las tempestades como si estuviese construida sobre arena.Y cuando soplen los vientos del demonio, esto es, del peor de los espíritus,resistan nuestras obras como han resistido hasta hoy, si no están minadas por dentro; y haz que preparados para todas las pruebas, manifestemos el amor que te tenemos a ti, oh Dios, de quien es la gloria y el poder por los siglos de los siglos. (ORIGENES, de Plegarias de los primeros cristianos, 61).

Segunda Lectura

Si los profetas y apóstoles tienen el deber de afrontar con ánimo el riesgo, los fieles tienen el de escucharles y seguirles con espíritu de fe sin dejarse desviar por miras humanas.

Evangelio

«Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca»(Lc 4, 22). Pero los nazarenos se dejaron pronto envolver por consideraciones demasiado humanas: ¿No era acaso Cristo un hombre como ellos, hijo de José? Y si de veras era el Mesías, ¿porqué no hacía en su patria los milagros que en otras partes? ¿No tenían sus paisanos derecho especial a ello? Jesús intuye tales protestas y responde: «Ningún profeta es bien recibido en su tierra» (ib 24). Pero no cambia de actitud, antes para demostrarles que el hombre no puede dictar leyes a Dios y que Dios es libre de distribuir sus dones a quien quiere, recuerda los casos de la viuda de Sarefta a la que fue enviado el profeta Elías con preferencia a todas las viudas de Israel, y del ex-tranjero Naamán, único leproso curado por Eliseo.

Jesús quiere hacer comprender a sus paisanos que ha venido para traer la salvación no a una ciudad o a un solo pueblo, sino a todos los hombres, y que la gracia divina no está ligada a patria, raza o méritos personales, sino que es totalmente gratuita. La reacción de los nazaretanos es violenta; cegados por su estrechez de mente y despechados por no haber obtenido su pretensión, «le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle» (ib 29).