Domingo 30 de Octubre del 2022

«Señor, tú te compadeces de todos» (Sb 11, 23).

Nada extraño que vuelva tan frecuentemente el tema de la misericordia a la Liturgia dominical, porque Dios es misericordia infinita e inagotable y porque el hombre está sumamente necesitado de misericordia.

Primera Lectura

Dios que ha creado al hombre, es un acto de amor, lo crea de nuevo día tras día en un acto incesante de misericordia con el que remedia sus debilidades, perdona sus culpas y lo redime del mal. Es éste el concepto expresado en la primera lectura: «Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho» (Sb 11, 23-24). Nadie puede subsistir sin la misericordia omnipotente de Dios que continúa amándolo y manteniéndolo en vida, a pesar de sus pecados e infidelidades, y lo sigue sin tregua paraconducirlo a la salvación.

Salmo

¡Oh Padre misericordiosísimo y Juez justo!, aunque conozco mis culpas, no quiero huir de tu presencia... antes, Señor, porque soy pecador, vengo a tu presencia como enfermo al médico, confesando con vergüenza mis culpas para que me concedas entero perdón de ellas.¡Oh dulcísimo Jesús!, mírame con esos ojos de misericordia, y nunca los apartes de mí pues de tu vista misericordiosa pende que yo nunca me aparte de ti...

¡Oh dulcísimo y misericordiosísimo Jesús, amparo y refugio de los pecadores!, ¿con qué te pagaré, Señor, el amor y cuidado que conmigo tienes? ¿Quién se atreverá a acusarme o condenarme si tú me justificas y das por libre? ¿Cómo no me fiaré de tu misericordia, pues en tu presencia se deshace toda mi miseria? Tú me libras de las calumnias de los hombres y de las acusaciones de mis enemigos, perdonándome liberalmente la culpa para que no tenga lugar la condenación a la pena; y pues es tan copiosa tu misericordia, nunca cesaré de alabarte ni me cansaré de servirte por ella. (L. DE LAPUENTE, Meditaciones, III, 27, 3-4).

Segunda Lectura

La carta a los tesalonicenses probablemente inauguró el comienzo de la literatura cristiana – alrededor de 49 c.e). El tema principal de Pablo es la "identidad e integridad de la comunidad.

El propósito de las cartas de Pablo era alentar y apoyar, aclarar malentendidos y comunicarse con las comunidades, ya que no podía estar con ellas. Una inspección más detallada de los tesalonicenses nos muestra un problema común que Pablo encontró dentro de las iglesias que estableció. A pesar de que las comunidades aceptaron su mensaje, no siempre lo entendieron.

Evangelio

Lo que el libro de la Sabiduría afirma en línea general, lo demuestra el Evangelio del día (Lc 19, 1-10)con un hecho concreto y bien elocuente: la conversión de Zaqueo, el publicano. Antes de entrar en Jericó, había encontrado Jesús a un ciego que se dirigía a él en medio de la turba y clamaba pidiéndole el don de la vista. Poco después, mientras atraviesa la ciudad, Zaqueo, de baja estatura, se libra del gentío subiéndose a un árbol,deseoso también él de ver: quiere conocer al Maestro de quien ha oído hablar y cuya bondad con los publicanos tal vez ha sentido describir. Era, en efecto, algo inaudito que un maestro de Israel se ocupase de esos hombres esquivados y odiados por todos, a causa de su profesión de empleados del imperio romano, y tenidos por enemigos del pueblo. Zaqueo es su jefe y, por ello, más aborrecido que los otros; y, como todos lo conocen, no puede pasar desapercibido. Pero él no se preocupa de la gente ni teme exponerse al ridículo o a las mofas; sólo le interesa ver al Señor, y espera su paso espiando desde lo alto de un sicómoro. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme entu casa» (ib 5). Jesús sabe muy bien quién es Zaqueo: un recaudador enriquecido con dinero defraudado al pueblo; pero no lo desprecia ni siquiera se lo reprocha, antes se dirige a él con un gesto simpático de amistad: quiere ir a su casa. Zaqueo que nunca habría soñado proposición semejante, baja a toda prisa del árbol y acoge a Jesús lleno de gozo.

La gente murmura escandalizada, pero él deja que digan; tiene cosas más importantes que tratar con el Maestro, que ya le ha tocado el corazón: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más» (ib 8). Es la conversión radical. Ha bastado la presencia y la bondad del Señor para iluminar la conciencia de este hombre sin escrúpulos, atascado en el dinero y hecho a ganar con injusticias. Es que había en Zaqueo una buena disposición que lo ha abierto a la gracia: el deseo sincero de ver y encontrar a Jesús. Y ahora se siente decir: «Hoy ha sido la salvación de esta casa...; porque el Hijo del hombre ha venido abuscar y a salvar lo que estaba perdido» (ib 9-10). Al publicano, que los fariseos consideraban como un pecador perdido sin remedio, se le ofrece la salvación, y él la acepta abriendo su casa y su corazón al Salvador.

El mismo ofrecimiento continúa haciendo Cristo a cada hombre: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3, 20). Dios, en su infinita misericordia, no se contenta con convertir a los hombres y perdonarlos, sino que les ofrece su amistad y les invita a la comunión con él.