Domingo 9 de Octubre del 2022

«Señor, has dado a conocer tu salvación; los confines de la tierra la han contemplado» (Sl 98, 2-3).

La gracia, el reconocimiento, el don de la fe y la vida de fe son los argumentos que se entrelazan en la Liturgia de hoy.

Primera Lectura

La lectura primera (2 Re 5, 14-17) recuerda el suceso de Naamán el Sirio curado de la lepra por el profeta Eliseo. Dios se sirve de este milagro para revelarse a aquel pagano y llamarlo a la fe; y él, dócila la gracia, responde convirtiéndose interiormente y proclamando en alta voz que el Dios de Israel es el único Dios verdadero: «Ahora reconozco que no hay Dios en todala tierra más que el de Israel»(ib15). Luego, en señal de su reconocimiento quiere ofrecer un regalo al profeta que ha sido instrumento de su curación. Pero éste, con total desinterés, lo rehúsa. Eliseo, verdadero hombre de Dios —como todo auténtico profeta—, no quiere aprovecharse del reconocimiento de los creyentes para enriquecerse o hacerse un nombre.

Salmo

Con aquel que sufría terriblemente en el cuerpo a causa de la lepra, yo te suplico por la angustia de mi alma...: «Señor, si tú quieres, puedes curarme». Con los ciegos afligidos por su ceguera en una noche perpetua, levanto mi grito de lamento. Yo no te llamo «hijo de David», sino te proclamo «hijo de Dios», que es el ser supremo. No sólo te llamo Maestro..., sino creo que tú eres el Señor del cielo y de la tierra. No sólo tengo fe en el toque de tu mano, oh Dios misericordioso y vecino, sino creo en el poder de tu palabra para sanarme, aunque estuvieses lejos, muy lejos... Tú lo quieres porque eres compasivo y lo puedes porque eres creador: di solamente una palabra y seré curado...

Concédeme... la condonación de mis grandes deudas, oh Dios de bondad y Señor de la bienaventuranza. Cuanto mayor es tu liberalidad, más glorificado eres; cuanto más magnánima es tu munificencia, más amado eres, cuanto de más misericordia usas, más gloria obtienes... Usa de otra tanta misericordia conmigo que soy deudor de deudas incalculables, para que, proclamando con reconocimiento tus beneficios, mi amor se exprese con no menor intensidad. En todo sea para ti la gloria. (S. GREGORIO DE NAREK,Le Iivre de priéres, 121-3).

Segunda Lectura

Por enésima vez afirma la Escritura que el don de la fe no está vinculado a ningún pueblo o situación. «La palabra de Dios no está encadenada», dice S. Pablo en la segunda lectura (2 Tm 2, 8-13); nada puede impedirle florecer en los corazones más extraños al mundo de los creyentes y suscitar en ellos la fe. Pero S. Pablo habla también de otro deber de la vidade fe: considerar el sufrimiento, especialmente el que se deriva de la fidelidad a Cristo, no como algo hostil, sino como una gloria y un medio seguro de entrar en la órbita de la salvación. «Esta es doctrina segura: si morimos con él, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con él» (ib 11-12).

Evangelio

En su primer discurso en la sinagoga de Nazaret Jesús citará el hecho de la curación de Naamán el Sirio (Lc 4, 27) —el único leproso sanado por Eliseo con preferencia a los de Israel—, para demostrar que la salvación no es un privilegio reservado a los judíos, sino un don ofrecido a todos los hombres. Un suceso semejante tendrá lugar más adelante cuando, durante su último viaje a Jerusalén, cure Jesús diez leprosos, de los cuales uno sólo —unextranjero— repetirá el gesto agradecido de Naamán y recibirá junto con la salud física el don de la salvación (Lc 17, 11-19; evangelio). El grupo de esos diez infelices se encontró con Jesús, «se pararon a lo lejos y a gritos le decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros"» (ib 12-13). Es un grito de confianza en ese Jesús cuyos milagros han oído contar y cuya compasión por las miserias humanas han oído alabar. Es escuchado su grito. Pero el Señor les impone una condición: «Id a presentaros a los sacerdotes» (ib 14). Lo que la ley mosaica exigía al leproso ya curado para inspección de su curación (Lv 14, 2), Jesús lo exige a los diez antes aún de quedar curados, subrayando de ese modo el valor de la obediencia a la ley. Y mientras ellos van de camino para cumplir lo mandado, quedan sanos. Idéntica curación la de todos, pero no idéntica reacción. «Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano» (ib 15-16). Los otros nueve no sienten necesidad de volver a dar gracias; tal vez porque como miembros del pueblo escogido consideran que tienen derecho a los dones de Dios. En cambio, el samaritano, extranjero como es, no se arroga derechos y considerándose indigno del favor de Dios, lo acoge con corazón humilde y agradecido. Esta actitud de humildad y reconocimiento lo dispone a un favor mayor aún, el de la salvación: «Levántate, vete: tu fe te ha salvado» (ib 19).