Domingo 2 de Octubre del 2022

«Señor, auméntanos la fe» (Lc 17, 5).

La Liturgia del día está enteramente centrada en el tema de la fe.

Primera Lectura

El profeta Habacuc (1, 2-3; 2, 2-4) se lamenta ante Dios de la situación desolada de su pueblo. En lo interno iniquidad, porque Israel es infiel a su Dios, y en lo externo, prepotencia y violencia, porque el país está sometido a la acción devastadora de los enemigos, los cuales son instrumento de la justicia divina para castigo de los judíos, pero no menos pecadores que éstos. Es el escándalo del triunfo del mal que parece destruir el bien y envolver en su ruina a los mismos buenos. Dios, al fin, responde a su profeta con una visión que quiere se escriba con toda claridad para adoctrinamiento de cuantos vengan después; exhorta ante todo a la constancia, porque se hará justicia, pero a su tiempo: «Si tarda, espera, porque ha de llegar sin duda alguna». Y dice cómo: «Sucumbe quien no tiene el alma recta, pero el justo vivirá por su fe» (ib 3-4). Esta enseñanza es tanto para el israelita como para el cristiano, y para el creyente de todos los tiempos; es válida en cualquier circunstancia de la vida de los individuos, de los pueblos o de la Iglesia. Aun cuando todo se desarrolla como si Dios no existiese o no lo viese, es preciso permanecer firmes en la fe. Dios no puede tardar en intervenir, e intervendrá ciertamente a favor de los que creen en él y a él se confían. «En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8, 28).

Salmo

Oh Señor, tú has afirmado que todo es posible al que cree. Si examinamos cuál es la virtud mejor y más agradable a ti, vemos que es la fe la que tiene la primacía. En realidad por la fuerza de ella nos disponemos a entrar en el santo de los santos. Sin ella, ni siquiera tú, Señor de la gloria, realizaste en favor nuestro tus maravillosos prodigios: antes de realizarlos quisiste que a tu bondad se uniese nuestra fe. Esto porque la fe es capaz por sí sola de dar la vida, desde el momento que está tan cercade ti, Señor. Por lo demás, fue tu misma boca bendita la que proclamó estas palabras: «tu fe te ha salvado». En efecto, una fe no mayor que un menudo y humilde granito de mostaza tiene fuerza para transportar grandes montañas en medio del mar. Pues bien, nosotros hemos recibido realmente esta fe como una guía que nos abre el sendero de la vida, como un culto veraz a Dios. Esta fe, a través de los ojos del alma, ve sin titubeos las cosas futuras y las que están ocultas... Se cuenta entre la caridad y la esperanza... Porque si creo en ti, Señor, también te amaré, y almismo tiempo esperaré tus dones invisibles. (S. GREGORIO DE NAREK, Le Livre de Priéres, 95-6).

Segunda Lectura

La segunda lectura (2 Tm 1, 6-8. 13-14) desarrolla otro aspecto de la fe: como testimonio valeroso de Cristo y del Evangelio. Escribe S. Pablo a Timoteo: «No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios te dé» (ib 8). El Apóstol intrépido, que había afrontado luchas y riesgos innumerables por la fe y tenía a gloria estar encadenado por Cristo, podía con todo derecho exhortar a su discípulo y colaborador a no intimidarse por las dificultades, sino a sufrir con él por el Evangelio. El cristiano que no está dispuesto a sufrir algo por su fe, no podrá resistir los envates de los enemigos. Es humano que en ciertas circunstancias broten de nuevo la timidez o el miedo, pero serán vencidos con «la fuerza de Dios» y «con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros» (ib 8.14). Pues el Espíritu ha sido dado a los fieles para sostener su debilidad (Rm 8, 26) y para hacerlos capaces de confesar el nombre del Señor (1 Cr 12, 3).

Evangelio

Tras estas reflexiones surge espontánea la plegaria que se lee en el Evangelio: «Señor, auméntanos la fe» (Lc 17, 5-10). Para creer sin titubear, para permanecer fieles a Dios en las adversidades o en las luchas contra la fe, se precisa una fe sólida y robusta, como sólo Dios la puede dar. A los Apóstoles que se la pedían un día, les dijo Jesús: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: "Arráncate de raíz y plántate en el mar", y os obedecería» (ib 6). Lenguaje figurado que expresa la omnipotencia de la fe. Jesús no pide mucho, pide un poquito de fe como el pequeñísimo grano de mostaza, bastante menor que una cabeza de alfiler; pero si es fe sincera, viva, convencida, será capaz de cosas mucho mayores, inconcebibles desde un punto de vista humano. Jesús quiere educar a sus discípulos en una fe sin incertidumbres ni titubeos, en una fe que apoyándose en la fuerza de Dios, todo lo cree, todo lo espera, a todo se atreve, y persevera invencible aun en las vicisitudes más ásperas y oscuras.