Domingo 25 de Septiembre del 2022

«Señor, que yo no mire a los bienes terrenos, sino a la justicia, a la religión, a la fe y al amor» (1 Tm 6, 11).

La Liturgia de hoy es una exhortación a considerar las tremendas consecuencias de una vida relajada y frívola.

Primera Lectura

En la primera lectura (Am 6, 1ª.4-7) vuelven los cáusticos reproches del profeta Amós a los ricos que se entregan a la molicie y al lujo, preocupados por sacarle a la vida todo el jugo que pueda ofrecer. Los describe apoltronados en sus divanes, bebiendo y cantando, sin preocuparse del país que va a la ruina, y profetiza: «Por eso irán al destierro a la cabeza de los cautivos. Se acabó la orgía de los disolutos» (ib 7). La profecía se cumpliría treinta años después y sería una de las muchas lecciones dadas por la historia sobre la ruina social y política que causa la decadencia moral. Pero la actual civilización del bienestar no parece haberlo comprendido. Hay, con todo, una reflexión más importante: la vida encerrada en los estrechos horizontes de los placeres terrenos es de por sí negación de la fe, impiedad y ateísmo práctico con el consiguiente desinterés por las necesidades ajenas. En pocas palabras, es el camino para la ruina en el tiempo y en la eternidad.

Salmo

¡Oh, válgame Dios!, ¡Oh válgame Dios! ¡Qué gran tormento es para mí cuando considero qué sentirá un alma que para siempre ha sido acá tenida y querida y servida y estimada y regalada, cuando, en acabando de morir, se vea ya perdida para siempre, y entienda claro que no ha de tener fin (que allá no le valdrá querer no pensar las cosas de la fe, como acá ha hecho), y se vea apartar de lo que le parecerá que aun no había comenzado a gozar; y con razón, porque todo lo que con la vida se acaba es un soplo...¡Oh Señor!, ¿quién puso tanto lodo en los ojos de esta alma, que no haya visto esto hasta que se vea allí? ¡Oh Señor!, ¿quién ha tapado sus oídos para no oír las muchas veces que se le había dicho esto y la eternidad de estos tormentos? ¡Oh vida que no se acabará! ¡Oh tormento sin fin!...¡Oh Señor, Dios mío! Lloro el tiempo que no lo entendí; y pues sabéis, mi Dios, lo que me fatiga ver los muy muchos que hay que no quieren entenderlo, siquiera uno, Señor, siquiera uno que ahora os pido que alcance luz de Vos, que sería para tenerla muchos. No por mí, Señor, que no lo merezco, sino por los méritos de vuestro Hijo. Mirad sus llagas, Señor, y pues él perdonó a los quese las hicieron, perdonadnos Vos a nosotros. (STA. TERESA DE JESUS,Exclamaciones, 11, 1-3).

Segunda Lectura

La segunda lectura (1 Tm 6, 11-16) enlaza muy bien con las otras, ya que la exhortación con que comienza está en el polo opuesto de la búsqueda desordenada de los bienes terrenos. «La codicia es la raíz de todos los males» (ib 10), acaba de decir S. Pablo en los versículos precedentes, y añade enseguida: «Tú, en cambio, siervo de Dios, huye de todo esto, practica la justicia, la religión, la fe, el amor...» (ib 11). «El siervo de Dios» —el sacerdote, la persona consagrada o el apóstol laico— debe guardarse de toda forma de codicia, cosa que escandaliza muchísimo a la gente sencilla y aun a los mismos mundanos. Está llamado a cuidarse de intereses muy diferentes, a combatir «el buen combate de la fe», a la «conquista de la vida eterna» (ib12), no sólo para sí, sino para la grey que el Señor le ha encomendado. Está llamado a administrar no bienes temporales sino eternos, a guardar «el Mandamiento sin mancha» (ib14) y a transmitir sin alterarlo el patrimonio de la fe y del Evangelio.

Evangelio

Este último aspecto -la ruina, aparece ilustrado en el Evangelio (Lc 16, 19-31) con la parábola que contrapone la vida del epulón a la del pobre. A primera vista el rico epulón no parece tener más pecado que su excesivo apego al lujo y a la buena mesa; pero, yendo más a fondo, se descubre en él un absoluto desinterés de Dios y del prójimo. Todos sus pensamientos y preocupacionesse limitan a banquetear espléndidamente cada día (ib 19), totalmente despreocupado del pobre Lázaro que desfallece a su puerta. En cuanto a éste, aunque la parábola no lo diga expresamente, es fácil reconocer en él uno de esos pobres que aceptan con resignación su suerte con la confianza puesta en Dios. Por eso cuando les sobrevino a ambos la muerte, a Lázaro «los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán» (ib 22), mientras el rico se hundió en los tormentos (ib 23). En el diálogo que sigue entre el rico abrasado por la sed y el padre Abrahán se subraya la inexorable fijación del destino eterno, correspondiente por otra parte a la voluntaria posición tomada por el hombre en vida: el que creyó en Dios y se confió a él, en él tendrá su porción eterna; el que se dio al placer, portándose como si Dios no existiese, quedará eternamente separado de él. Es obvio deducir que pobreza y sufrimiento lejos de ser signos de la reprobación de Dios, son medios de que él se sirve para inducir al hombre a buscar bienes mejores y a poner en Dios su esperanza. Mientras la prosperidad y las riquezas con frecuencia hacen al hombre presuntuoso y menospreciador de Dios y de los bienes eternos, son un lazo que sofoca todo anhelo a realidades más altas.