Domingo 11 de Septiembre del 2022

«Cristo Jesús, viniste al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero» (1 Tm 1, 15).

Primera Lectura

Poco después de haber pactado la Alianza con Israel, Dios ve que éste, en ausencia de Moisés, se ha construido un becerro de oro; indignado por esa infidelidad, piensa castigarlo destruyéndolo. Y como una vez reveló a Abrahán su designio contra Sodoma y Gomorra, así ahora manifiesta a Moisés el que tiene contra Israel: «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso déjame: mi ira se va encender contra ellos hasta consumirlos.Y de ti haré un gran pueblo» (Ex 32, 9-10). Parece como si Dios temiese la intervención de Moisés en favor del pueblo y lo previniese asegurándole, que él quedará a salvo y además vendrá a ser cabeza de una gran nación nueva.Pero Moisés no piensa en sí mismo, quiere sólo salvar al pueblo que ama y,como un día, Abrahán, eleva una súplica llena de audacia. No puede apoyarse en un determinado número de justos —porque todo el pueblo ha pecado—, pero apunta osadamente al amor de Dios por Israel. Le recuerda los prodigios con que lo ha sacado de Egipto, le recuerda las promesashechas a los patriarcas, le dice sin más que tiene que indultar a su pueblo en gracia de la reputación de su nombre. En esta oración Moisés se yergue como un gigante en lucha con Dios para obtener la salvación de su pueblo. Y Dios le escucha.

Salmo

Tú, Padre misericordioso, te gozas más de un penitente que de noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia; y nosotros oímos con grande alegría el relato de la oveja descarriada, que es devuelta al redil en los alegres hombros del Buen Pastor, y el de la dracma, que es repuesta en tus tesoros después de los parabienes de las vecinas a la mujer que la halló. Y lágrimas arranca de nuestros ojos el júbilo de la solemnidad de tu casa, cuando se lee en ella de tu hijo menor que era muerto y revivió, había perecido y fue hallado.Y es que tú te gozas en nosotros y en tus ángeles, santos por la santacaridad...

¿Qué es esto, Señor, Dios mío? ¿En qué consiste esto, siendo tú gozo eterno de ti mismo y gozando siempre de ti algunas criaturas que se hallan junto a ti?... ¡Ay de mí! ¡Cuán elevado eres en las alturas y cuán profundo en los abismos! A ninguna parte te alejas, y, sin embargo, apenas si logramos volvernos a ti. ¡Ea, Señor! ¡Manos a la obra! Despiértanos y vuelve a llamarnos, enciéndenos y arrebátanos, derrama tus fragancias y sénos dulce. Amemos, corramos. ¿No es cierto que muchos se vuelven a ti de un abismo de ceguedad muy profundo?... Y se acercan a ti y son iluminados, recibiendo aquella luz con la cual quienes la reciben, reciben juntamente la potestad de hacerse hijos tuyos. (S. AGUSTIN,Confesiones, VIII, 3, 6.8; 4, 9)

Segunda Lectura

La segunda lectura (1 Tm 1, 12-17) inculca, aunque en contexto diferente, los mismos conceptos. S. Pablo, recordando su pasado, proclama la misericordia que se usó con él y con un entusiasmo parejo a su humildad confiesa: «Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero» (ib 15). ¡Qué gran fiesta hubo de haber en el cielo por la conversión de este hombre que correspondió con tal plenitud a la gracia divina! Y ¿quién puede decir que no necesita convertirse para emular la fidelidad de Pablo?

Evangelio

Pero el gran Moisés es sólo pálida figura de un mediador infinitamente más poderoso, Jesús, el cual no necesita luchar con Dios para obtener misericordia a la humanidad pecadora —porque él mismo es el precio quesalda el pecado—; viene, más bien, a manifestar al mundo el gozo de Dios por la conversión de los pecadores. Y lo manifiesta de modo especial mediante las deliciosas parábolas de la misericordia (Lc 15, 1-32) que nosofrece el Evangelio de hoy. En todas ellas se pone particularmente de relieve el gozo del que encuentra lo que ha perdido. El pastor, encontrada su oveja, «se la carga sobre los hombros muy contento» (ib 5), torna a casa y llama a los amigos y vecinos para que se congratulen con él. La mujer, después de haber registrado todos los rincones hasta hallar su moneda, hace otro tanto: «¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido» (ib 9).Mucho más hace el padre cuando ve por fin volver a su hijo que largo tiempo ha le había abandonado; no piensa en reprenderle, sino en hacer una fiesta: «celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado» (ib 23-24). Una fiesta tan grande que suscita la indignación y la protesta del hijo mayor. Jesús mismo acababa de decir: «Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, qué por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (ib 7). Entonces ¿ama Dios más a los pecadores convertidos que a los hijos que siempre le permanecieron fieles? La respuesta es la queda el padre al hijo mayor, celoso por la acogida dispensada a su hermano:«Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo» (ib 31). ¿No es acaso grandísima fiesta estar siempre con Dios y gozar cada día de sus bienes? Estas parábolas no quieren afirmar que Dios ame más a los pecadores que a los justos, sino poner en evidencia el gozo con que acoge a los pecadores arrepentidos y enseñar a los hombres a congratularse por el retorno de los hermanos, abriéndoles el corazón con una bondad semejante a la de Dios.