Primera Lectura

Domingo 2 del Tiempo Ordinario -C

Primera Lectura: Isaías 62, 1-5

Este pericopio de Isaías es un canto que celebra el retorno de Israel del exilio. Dios se regocija por la restauración de Jerusalén; por tanto, él se goza por el restablecimiento de su pueblo. Dios se goza como un amante se gozaría acerca de su novia. Aun cuando la ciudad de Jerusalén no ha sido reconstruida, el profeta permanece confiado que Yahveh restaurará completamente la ciudad.

Ver lo posible

1 Por amor a Sión no me callaré, por Jerusalén no quedaré
tranquilo hasta que su justicia se haga claridad y su salvación brille como antorcha.
2 Verán tu justicia las naciones, y los reyes contemplarán tu gloria y te llamarán con
tu nombre nuevo, el que Yahveh te habrá dado. 3 Y serás una corona preciosa en manos de
Yahveh, un anillo real en el dedo de tu Dios.
4 No te llamarán más «Abandonada», ni a tu tierra «Desolada», sino que te llamarán
«Mi preferida» y a tu tierra «Desposada». Porque Yahveh se complacerá en ti y tu tierra
tendrá un esposo. 5 Como un joven se casa con una muchacha virgen, así el que te reconstruyó
se casará contigo, y como el esposo goza con su esposa, así harás las delicias de tu Dios. LBLA

La noche es siempre más oscura antes del amanecer. ¿Por qué hay personas que maldicen la oscuridad, en lugar de tener esperanza con la luz que se aproxima?

En esta lectura Yahveh concede un nuevo nombre. En la historia de la biblia, cuando a la gente le daban un nuevo nombre ellos llegaban a vivir de una nueva manera. En la creación del mundo, Yahveh nombró la luz: día. Para Yahveh, crear y nombrar eran eventos iguales. Nombrar es crear algo nuevo. Cuando a una persona le dan un nombre en las Escrituras, significaba el comienzo de una nueva dirección o misión en la vida de esa persona.

El conferir un nuevo nombre a Israel era una alerta de que ya no sería la prostituta que una vez fue; en cambio debía convertirse del pecado y volver a Yahveh. La que fue llamada “Desolada” llegaba a ser una nueva creación y era restablecida por Yahveh con un honor resplandeciente como era evidenciado por su nuevo nombre, “Desposada.” La alianza misericordiosa le devolvió una relación plena.

Este pasaje del Tercer Isaías, fue escrito después de cincuenta años en el exilio, cuando los líderes judíos regresaron de Babilonia para reconstruir Jerusalén. Después de varios años de regocijo se plantó la realidad del trabajo duro; la determinación de la gente empezó a aflojarse y el desaliento creció en sus cabezas. El pueblo estaba en casa; pero no le importaba la tarea a mano.

En plena depresión de la ciudad, Yahveh declaró su intención; él hablaría hasta que la gloria de la ciudad – reputación, retorne. La ciudad empezó a ser reconstruida porque Yahveh lo deseaba, no por los simples esfuerzos de la gente. Como portavoz de Yahveh, también el profeta no se quedaría callado; él alabaría, avergonzaría y hasta acosaría a la gente hasta que la ciudad fuese reconstruida a su gloria. De esta manera, Yahveh realmente hablaba a través del profeta.

Una vez que la ciudad fuere reconstruida, los no judíos – es decir, las "naciones" y los reyes, serían testigos de su gloria. Yahveh pronunciaría la reconstrucción dando a la ciudad un nuevo nombre y una corona, reflejando ambos el matrimonio de una joven doncella con un rey. La doncella virgen tiene sólo la promesa de agregar al reino herederos reales; en este sentido, ella era "estéril" o "desolada." De la misma manera, una ciudad parcialmente reconstruida no estaba realmente completa; para algunos, era árida y desolada, como algunos de nuestros vecindarios del centro de las ciudades. Pero sólo el cínico no veía el potencial; a través de los ojos de Yahveh, incluso la estéril y la desolada tendrían en ellas las semillas de la alegría y la relación íntima. Una vez que la doncella se casó con el rey, ella tomó un nuevo nombre y una corona como reina. La ciudad también tendría una nueva reputación – nombre y corona, debido a su estrecha relación con Yahveh. Y como la alegría en una fiesta de matrimonio, la gloria de la ciudad sería una alegría de Yahveh y a sus habitantes.

Esta lectura refleja el motivo primario de la relación de Israel con Yahveh. Yahveh amaba a Israel, e Israel respondió con amor. Después Israel pecó y dio las espaldas. La responsabilidad personal por el pecado demandaba una retribución divina. Israel sería castigado. Yahveh hizo la invitación al arrepentimiento y una vez más se sintió entre los brazos del fiel y amoroso Yahveh.

Jerusalén, ciudad definitiva de los hijos de Dios, desposada de Yavé, colmada de sus riquezas, que hace las delicias de su Dios. ¿Por qué nos recuerda Dios tantas veces esas maravillas que no se concretan todavía? Para que mantengamos nuestra esperanza en las pruebas y tiempos oscuros – así, nos alienta Pablo en Rom 8,16. También en los momentos en que las cosas nos salen bien y vivimos llenos de esperanzas terrenales, la misma visión debe ayudarnos a ser desprendidos en todo esto, sabiendo que nos espera algo mucho mejor todavía.

Por otra parte, la Jerusalén celestial ya está presente. El que ha entrado en la comunidad cristiana ya tiene los favores prometidos a David de los que recién hablamos – ver 55,3; éstos son los dones del Espíritu Santo – ver He 13,34.

¿Podemos ver lo posible en la situación aparentemente desesperanzada? ¿No es esto una prueba de fe?