Domingo 20 de Marzo del 2022

«Señor perdona mi pecado»

Primera Lectura

El rey David había pecado; obcecado por la pasión había hecho morir a Urías para apoderarse de su mujer. El profeta Natán, enviado por Dios, le quiere dar a entender, por medio de un apólogo, la gravedad de su culpa. El rey se irrita ante el relato acerca del rico ganadero que para aderezar la comida a un huésped roba la única oveja de un pobre. Pero cuando Natán le dice: «Tú eres ese hombre» (2 Sm 12, 7), comprende y llora su pecado. Dios lo había hecho ungir rey, le había dado riquezas y toda suerte de bienes, pero no le había bastado, y despreciando la ley divina, había arrebatado la mujer ajena. La culpa es grave; sin embargo, Dios le perdona porque David reconoce su culpa y confiesa humildemente: «He pecado contra el Señor» (ib13). Resta expiar la pena: «El hijo que te ha nacido morirá sin remedio» (ib 14). La misericordia de Dios perdona al pecador que reconoce su culpa y la misma misericordia le castiga para que no peque más.

Salmo

Señor, te ofrezco mi pasado y lo confío a tu misericordia, esperando ser perdonado sólo por tu bondad; no intentaré excusarme, ni asegurarme del pasado presentándote algún mérito, alguna buena acción, reparación o resolución buena; tanto para el pasado como para el futuro me remito a tu misericordia. Me pongo delante de ti, oh Dios santo, con el recuerdo doloroso de mi pecado y de la traición al amor, con la certeza de mi fragilidad e impotencia, pero confiado en tu amor maravilloso, nunca harto y que nunca me ha faltado.¡Ten piedad de mí! Desconfía de mí,estate a mi lado, porque sabes lo reacio y caprichoso que soy apenas aflojas la vigilancia. Sin embargo, Señor, no aprietes más allá de mis fuerzas, que son débiles hasta el ridículo; tómame como soy y como estoy hecho, para rehacerme a tu modo y ser así capaz deseguir tu voluntad. Ni siquiera oso decirte que te quiero. Querría podértelo probar, pero mira que ya para eso necesito de ti: no puedo amarte sin que tú me ames. Oh Dios, crea en mí un corazón nuevo... Haz de mí un verdadero hijo, digno del Reino y de la promesa, un hijo sobre el que caiga tu sangre, en el que circule tu vida... Sé que no tengo fuerza...estate siempre conmigo, trabaja conmigo, combate en mí. Señor, me ruborizo al ofrecerte mi amor contrito. (P. LYONNET, Escritos espirituales.

Segunda Lectura

El perdón de los pecados es a la vez iniciativa de amor misericordioso de Dios y respuesta del amor arrepentido del hombre. Cuanto más por motivo de amor se arrepiente el hombre, tanto más abundante es el perdón de Dios, hasta borrar no sólo la culpa sino la pena. Jesús no impone una penitencia a la mujer pecadora; y eso no sólo porque el amor de ella es grande, sino porque él mismo la ha tomado sobre sí ofreciendo su vida por los pecados de los hombres.

Evangelio

Los temas de la misericordia y del perdón divinos vuelven en el Evangelio, pero a una luz nueva, la de la salvación ya en acto. Dios no envía más a los profetas a redargüir a los pecadores; ha enviado a su Hijo para salvarlos y éste los va buscando por doquiera, en las casas y en las calles. Ahí está Jesús en casa del Fariseo que le ha invitado a comer más con intención crítica que amistosa; y mientras está a la mesa, se deja besar y ungir los pies por una mujer pecadora. Simón se incomoda por el atrevimiento: «Si éste fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que le está tocando» (Lc 7, 39).También él, como David— y con mucha menos razón— se escandaliza de las acciones de los otros, sin ocurrírsele examinar las propias. Pero Jesús, como Natán, procura iluminar con un apólogo al fariseo. De dos deudores a los que les fue condonada una deuda, ¿cuál amará más? «Aquel a quien se le perdonó más» (ib 43), responde Simón; y no se da cuenta de que, como en elcaso de David, en su respuesta está su condenación. La mujer ha cometido muchos pecados, es cierto; pero se le perdonan por el gran amor demostrado en el gesto de bañar con lágrimas los pies del Señor, secarlos con sus cabellos, besarlos y perfumarlos con un ungüento. Simón no ha cometido «muchos pecados» (ib 47), pero tiene el corazón cerrado al amor —«no mediste el beso... No ungiste mi cabeza con aceite» (ib 45-46)—y abierto más bien a la crítica, pronto a escandalizarse. Si Simón reconociese su culpa —sobre todo la manía de sorprender al Salvador en culpa— quedaría perdonado y la misericordia de Dios derramándose en él lo llenaría de amor.