Domingo 21 de Noviembre del 2021

Tú eres, Señor, el rey de todos los reyes

La solemnidad de hoy, puesta al fin del año litúrgico, aparece como la síntesis de los misterios de Cristo conmemorados durante el año, y como el vértice desde donde brilla con mayor luminosidad su figura de Salvador y Señor de todas las cosas.

Primera Lectura

En las dos primeras lecturas domina la idea de la majestad y la potestad regia de Cristo. La profecía de Daniel (7, 13-14) prevé su aparición «entre las nubes del cielo» (lb 13), fórmula tradicional que indica el retorno glorioso de Cristo al fin de los tiempos para juzgar al mundo. Pues «a él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es eterno, no cesará. Su reino no acabará» (ib 14). Dios —«el Anciano» (ib 13)— lo ha constituido Señor de toda la creación confiriéndole un poder que rebasa los confines del tiempo.

Salmo

Rey sois, Dios mío, sin fin, que no es reino prestado el que tenéis. Cuando en el Credo se dice: «Vuestro reino no tiene fin», casi siempre me es particular regalo. Aláboos, Señor, y bendígoos para siempre; en fin, vuestro reino durará para siempre (Camino, 22, 1).

Segunda Lectura

Este concepto es corroborado en la segunda lectura (Ap 1, 5-8) con la famosa expresión: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso» (ib 8). Cristo-Verbo eterno es «el que es» y ha sido siempre, principio y fin de toda la creación; Cristo-Verbo encarnado es el que viene a salvar a los hombres, principio y fin de toda la redención, y es además el que vendrá un día a juzgar al mundo. «¡Mirad! El viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que le atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa» (ib 7). De este modo a la visión grandiosa de Cristo Señor universal se une la de Cristo crucificado, y ésta reclama la consideración de su inmenso amor: «nos amó, nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre» (ib 5). Rey y Señor, no ha escogido otro camino para librar a los hombres del pecado que lavarlos con su propia sangre. Sólo a ese precio los ha introducido en su reino, donde son admitidos no tanto como súbditos cuanto como hermanos y coherederos, como copartícipes de su realeza y de su señorío sobre todas las cosas, para que con él, único Sacerdote, puedan ofrecer y consagrar a Dios toda la creación. «Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre» (ib 6). Hasta ese punto ha querido Cristo Señor hacer partícipe al hombre de sus grandezas.

Evangelio

También el Evangelio (Jn 18, 33b-37) presenta la realeza de Cristo en relación con su pasión y a la vez la contrapone a las realezas terrestres. Todo ello a base de la conversación entre Jesús y Pilatos. Mientras que el Señor siempre se había sustraído a las multitudes que en los momentos de entusiasmo querían proclamarlo rey, ahora que está para ser condenado a muerte, confiesa su realeza sin reticencias. A la pregunta de Pilatos: «Con que ¿tú eres rey?», responde: «Tú lo dices: Soy Rey» (ib 37). Pero había declarado de antemano: «Mi reino no es de este mundo» (ib 36). La realeza de Cristo no está en función de un dominio temporal y político, sino en un señorío espiritual que consiste en anunciar la verdad y conducir a los hombres a la Verdad suprema, liberándolos de toda tiniebla de error y de pecado. «Para esto he venido al mundo —dice Jesús—; para ser testigo de la verdad» (ib 37). El es el «Testigo fiel» (2.° lectura) de la verdad —o sea del misterio de Dios y de sus designios para la salvación del mundo—, que ha venido a revelar a los hombres y a testimoniar con el sacrificio de la vida. Por eso únicamente cuando está para encaminarse a la cruz, se declara Rey; y desde la cruz atraerá a todos a sí (Jn 12, 32). Es impresionante que en el Evangelio de Juan, el evangelista teólogo, el tema de la realeza de Cristo esté constantemente enlazado con el de su pasión. En realidad la cruz es el trono real de Cristo; desde la cruz extiende los brazos para estrechar a sí a todos los hombres y desde la cruz los gobierna con su amor. Para que reine sobre nosotros, hay que dejarse atraer y vencer por ese amor.