Domingo 8 de Diciembre del 2020

¡Oh la más amada de Dios, amabilísima niña María!

Desde el principio de su existencia María fue la «esclava del Señor» (Lc 1, 38), al que amaba y servía con todas sus fuerzas. La respuesta al Ángel de la Anunciación expresaba una actitud vivida desde mucho antes; por eso aun antes de que la Virgen la pronunciase, pudo decirle el Ángel: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (ib 30). A la libre iniciativa del Altísimo que la concibió inmaculada y llena de gracia, la Virgen respondió siempre con toda la libertad y el amor de su corazón inmaculado. Por eso, llena ya de gracia, halló más gracia delante del Altísimo, que hizo de ella la madre de su Hijo divino.

Primera Lectura

La grandeza de María es sublime, pero vivida con tal sencillez que a nadie espanta ni desconcierta, antes atrae e invita a caminar en pos de sus huellas. Mediante la gracia recibida en el bautismo, que lo sostiene en la lucha contra el pecado, el cristiano está llamado a conseguir una pureza inmaculada y una libertad plena semejantes a las de María para poder dar, en unión con ella y con su ayuda, una respuesta generosa al don de Dios.

La plena correspondencia a la gracia recibida le hará encontrar nueva gracia, y ésta lo hará capaz de una respuesta más generosa cada vez.

Salmo

¡Oh la más amada de Dios, amabilísima niña María!, así como vos os presentasteis en el templo y os consagrasteis pronta y enteramente a la gloria y al amor de vuestro Dios, así quisiera yo también, si pudiese, ofreceros los primeros años de mi vida, para dedicarme por completo a serviros, santa y dulcísima Señora mía...

Hoy me presento a vos, ¡oh María!, y me consagro enteramente a vuestro servicio en el poco o mucho tiempo que me restare de vida, y, como vos, renuncio a todas las criaturas, para dedicarme por completo a mi Creador. Os consagro, pues, Reina mía, mi entendimiento, para que piense siempre en el amor que merecéis; os consagro mi lengua, para que os alabe, y mi corazón para que os ame. Aceptad, Santísima Virgencita, el ofrecimiento que os presenta este pobre pecador; aceptadlo, os ruego, por el consuelo que experimentasteis en vuestro corazón cuando os ofrecisteis a Dios en el templo... Ayudad con vuestra poderosa intercesión, Madre de misericordia, mi flaqueza, alcanzándome de vuestro Jesús perseverancia y fortaleza para seros fiel hasta la muerte, a fin de que, habiéndoos servido en esta vida, pueda ir a bendeciros por toda la eternidad a los cielos. (S. ALFONSO, Las glorias de María, II, 3, Oración, según la ed. de la BAC).

Segunda Lectura

La fiesta de hoy lleva a reflexionar sobre el don de sí mismo a Dios que todo cristiano está obligado a hacer en razón de su bautismo. Amar y, por ende, servir a Dios con todas las fuerzas es un compromiso del que ningún bautizado puede eximirse si no quiere malograr la gracia recibida. Con todo, hay criaturas llamadas a darse a Dios de un modo más exclusivo y directo, «para extraer de la gracia bautismal fruto más copioso», y ordenarse al Servicio de Dios y a su gloria por un título nuevo y especial» (LG 44). Son los llamados al estado religioso o a la consagración a Dios en el mundo, y, en algún aspecto, también los llamados al sacerdocio. Para ellos el ejemplo de María reviste una importancia muy especial. La Virgen les invita a seguirla por ese camino de generosidad, de entrega y de consagración virginal «a Dios amado sobre todas las cosas» (ib).

Evangelio

La respuesta a la vocación exige como punto de partida el desasimiento de sí mismo y de muchas cosas queridas. Con frecuencia es preciso dejar parientes y amigos, casa y patria, costumbres y comodidades. Es un paso muy comprometedor, pero no lo es todo. Más necesario aún que el desasimiento material es el del corazón; y hay que desasirse no sólo de los demás, sino de sí mismo. Hay que desasirse de la propia voluntad y de los propios intereses para entregarse a Dios en plena disponibilidad a su querer, a su servicio y al servicio del prójimo. Sin ese desasimiento es imposible realizar el don total. El que se pertenece a sí mismo y está apegado a sí y a sus cosas, será incapaz de cederse o darse enteramente. Su don será parcial y medido según los intereses personales y, por lo tanto, siempre expuesto a la infidelidad, a naufragar en la mediocridad y a volver a apoderarse de lo poco que había dado. La Virgen inmaculada nunca necesitó de esfuerzo y lucha para darse totalmente a Dios; el hombre, en cambio, tiene que combatir día a día contra las resistencias del egoísmo y de cualquier otra pasión. Es bueno saberlo, para no imaginarse que basta darse a Dios de una vez para siempre. El don de sí se ha de vivir momento a momento y con generosidad siempre creciente. Sí esto exige en verdad una continua superación de sí, no combate el hombre solo. María está siempre pronta a sostenerlo; ella que ha hallado gracia delante del Altísimo, se vale de ese privilegio para obtener gracia en favor de cuantos la invocan.