Domingo 21 de Febrero del 2021

«Bendice al Señor, alma mía, no olvides sus muchos beneficios»

Precisamente en el Antiguo Testamento —considerado en bloque como el tiempo en que prevaleció el temor sobre el amor— ha revelado Dios su amor a los hombres con expresiones más tiernas y humanas que nunca.

Primera Lectura

Así, cuando asegura que aun si una madre abandonase a su hijo, él no abandonaría jamás a su pueblo (Is 49, 15); cuando, después de la infidelidad y del castigo, llama a sí a Israel y renueva su pacto de amor declarando: «Yo te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo en justicia y equidad, en amor y compasión, te desposaré conmigo en fidelidad» (Os 2, 21-22). Desde siempre ha buscado Dios todos los medios para dar a entender su amor a la humanidad, no desdeñando, presentarlo en las formas más accesibles al hombre como son el amor materno y el conyugal.

Salmo

El cristiano descubre en este Salmo resonancias numerosas. Yahveh es indulgente, pues no sólo sabe que somos polvo, sino que lo quiso experimentar él mismo, al hacerse hombre y padecer el sufrimiento, la muerte hasta la tentación.

Segunda Lectura

La naturaleza humana demanda certeza, una prueba con algo que es tangible. Las hojas de vida y los grados académicos abren puertas e impresionan; pero el punto de partida son los resultados. Alguien puede que tenga experiencia y educación; pero ¿puede transmitirla?

Evangelio

Jesús mismo se colocó en esta línea, y cuando los fariseos se pusieron a criticarlo porque sus discípulos no ayunaban, les respondió: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?» (Mc 2, 19). Jesús se da el título de esposo que Dios, por boca de los profetas, se había reservado. El es, en efecto, Dios bajado en medio de su pueblo, que encarnándose en el seno de una virgen se ha desposado con la naturaleza humana con un lazo indisoluble: «Yo te desposaré conmigo para siempre». La profecía de Oseas se ha cumplido en él; la salvación anunciada en figura de esponsales entre Dios y el hombre se realiza en Cristo. Por eso su permanencia entre los hombres es el tiempo de las bodas; tiempo de fiesta al que no conduce el ayuno.