Domingo 21 de Febrero del 2021

«Alabad al Señor, que es bueno..., sana a los de roto corazón y venda sus heridas»

A ti, oh Dios, fuente de misericordia, me vuelvo yo pecador, porque estoy lleno de manchas y tú puedes purificarme.

Primera Lectura

Dios convoca a juicio a Israel, el pueblo objeto de sus predilecciones y beneficios, y que sin embargo siempre estaba dispuesto a traicionarlo, descuidando su amor y su culto. «Tú no me has invocado, Jacob, ni te has fatigado, por, mí, Israel... Me has cansado con tus iniquidades» (Is 43, 22.24). En cambio Dios, fiel a la alianza con su pueblo, está siempre dispuesto a perdonar: «Yo soy el que limpio tus iniquidades y no recuerdo tus pecados»

Salmo

Bendice al Señor, alma mía... El, que todas tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias; rescata tu vida de la fosa, te corona de amor y de ternura; él que harta de bienes tu existencia, mientras tu juventud se renueva como el águila... Cual la ternura de un padre para con sus hijos, así de tierno es el Señor para quienes le temen; porque él sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos polvo.

Segunda Lectura

El perdón de los pecados es iniciativa misericordiosa de Dios que procura todos los caminos para salvar al hombre, creatura de su amor. Dios es fiel; ha querido la salvación del hombre y la ha actuado por medio de Cristo; en él sus promesas se han convertido en realidad, «han tenido su "sí" en él», dice S. Pablo (2 Cor 1, 20). Urge por lo tanto que se decida el hombre a responder con fidelidad a la fidelidad de Dios, y a dar su "sí" al "sí" de Dios. Y lo mismo que en la oración litúrgica sube a Dios «nuestro "Amén"» por medio de Cristo (ib), así por medio de él suba a Dios el «sí» de nuestro arrepentimiento y de nuestro amor.

Evangelio

Si el hombre es inagotable para pecar, Dios lo es más aún para perdonar. La encarnación de su Unigénito y la obra redentora son el testimonio más claro de ello. Cristo ha expresado de mil maneras cuánto gusta Dios de perdonar; ha llegado a otorgar el perdón antes de serle pedido. Es el caso del paralítico de Cafarnaúm descolgado por el techo en su camilla a los pies de Jesús, que estaba en la casa asediado por la turba reunida para escucharle. El pobre enfermo que en su esperanza de curación se dejó trasladar de aquel modo, oye unas palabras inesperadas: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (Mc 2, 5). Probablemente no eran los pecados lo que le preocupaba en aquel momento, sino su enfermedad. Pero es ése el primer milagro que hace en él Cristo: lo libra del peso de las culpas que traban su espíritu más que la parálisis sus miembros. Y para dar a entender que su gesto no es arbitrario, añade el Señor con autoridad: «para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar los pecados —dice al paralítico—: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»