Domingo 14 de Febrero del 2021

«¡Dichoso el que es perdonado de su culpa, y le queda cubierto su pecado!»

En el dolor de sus tribulaciones se lamenta Job: «¿No es una milicia lo que hace el hombre en la tierra? Como esclavo que suspira por la sombra..., así meses de desencanto son mi herencia, y mi suerte noches de dolor» (Job 7, 1-3).

Primera Lectura

La ley de Moisés prescribía: El leproso «habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada (Lv 13, 26). Precepto duro que se explica por la preocupación de evitar el contagio y por la idea que de la lepra tenían los hebreos como castigo de Dios a los pecadores. En consecuencia el leproso era huido de todos y tenido por «impuro», «herido» de Dios y maldito.

Salmo

¡Dichoso el que es perdonado de su culpa y le queda cubierto su pecado! Dichoso el hombre a quien el Señor no imputa falta y en cuyo espíritu no hay fraude... Mi pecado te reconocí y no oculté mi culpa. Dije: Me confesaré al Señor de mis rebeldías. Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado. (Salmo 32, 1-2. 5).

Segunda Lectura

Libertad vs principio. La lucha entre el compromiso de la cultura (es decir, el esfuerzo por ser oportuno e inclusivo) frente a la visión particular del mundo de la comunidad (es decir, su identidad y principios atemporales) no es nueva. Si bien la lucha moderna podría estar arraigada entre los campos "liberales" y "conservadores", las preguntas subyacentes son las mismas. ¿Cuándo buscamos abrir nuestras puertas a los forasteros? ¿Cuándo tratar de mantener nuestra identidad única como cristianos en una cultura cada vez más secular (incluso pagana)? ¿Cuándo incluimos? ¿Cuándo lo excluimos?

Evangelio

Jesús, venido a redimir al hombre del pecado y de sus consecuencias, tenía pleno derecho a contravenir la ley antigua y lo hace con el gesto resuelto de quien tiene plenos poderes. «Se acercó a Jesús un leproso suplicándole de rodillas: Si quieres puedes limpiarme» (Mc 1, 40). ¡Fe maravillosa! Aquel pobrecito, abandonado de los hombres y tenido por abandonado de Dios, tiene más fe que muchos que se consideran seguidores de Cristo. La fe auténtica no se pierde en razonamientos sutiles; tiene una lógica simplicísima: Dios puede hacer todo lo que quiere, basta, pues, que lo quiera. A la atrevida demanda que expresa una confianza ilimitada, Jesús responde con un gesto inaudito para un pueblo al que se le había prohibido cualquier contacto con los leprosos: «extendió la mano y lo tocó». Dios es señor de la 89 ley y puede contravenirla. «Quiero —dice como calcando la expresión del leproso—; queda limpio»