Domingo 14 de Noviembre del 2021

Las palabras del Señor no dejarán de cumplirse

Estando el año litúrgico para terminar, la Liturgia invita a los fieles a meditar sobre el fin del tiempo que coincidirá con la parusía, el retorno glorioso de Cristo, y la restauración en él de todas las cosas. El gran acontecimiento escatológico es ilustrado por las lecturas de hoy, en especial por la profecía de Daniel (12, 1-3; 1.ª lectura) y por el Evangelio (Mc 13, 24-32).

Primera Lectura

Daniel nos habla del fin del mundo, de la resurrección de los muertos, y del juicio que abrirá a los hombres las puertas de la vida eterna.

Salmo

Ya sabéis, Señor mío, que muchas veces me hacía a mí más temor acordarme de si había de ver vuestro divino rostro airado contra mí en este espantoso día del, juicio final que todas las penas y furias del infierno que se me representaban; y os suplicaba me valiese vuestra misericordia de cosa tan lastimosa para mí, y así os lo suplico ahora, Señor. ¿Qué me puede venir en la tierra que llegue a esto? Todo Junto lo quiero, mi Dios, y libradme de tan grande aflicción. No deje yo, mi Dios, no deje de gozar de tanta hermosura en paz. Vuestro Padre nos dio a Vos; no pierda yo, Señor mío, joya tan preciosa. Confieso, Padre eterno, que la he guardado mal; mas, aún remedio hay, Señor, remedio hay, mientras vivimos en este destierro. (STA. TERESA DE JESUS, Exclamaciones, 14, 2).

Segunda Lectura

En la carta a los hebreos se habla de Cristo, el sumo sacerdote glorificado que está junto a Dios, después de haber ofrecido su propia vida como sacrificio para salvar a los hombres.

Evangelio

Estos textos pueden ser considerados como paralelos, por más que en el Evangelio está todo iluminado por una luz nueva proveniente de la perspectiva escatológica. Ambos anuncian una época de grandes sufrimientos que señalará el fin del mundo actual: «Serán tiempos difíciles como no los ha habido», dice Daniel {12, 1); «aquellos días habrá una tribulación como no la hubo igual desde el principio de la creación» (Mc 13, 19.24), confirma el Evangelio. Es verdad que la profecía de Daniel como la de Jesús se refieren también a hechos históricos inminentes —la persecución de los judíos por parte de los reyes paganos y la destrucción de Jerusalén—, pero en sentido pleno se refieren al fin de los tiempos. Las pruebas y los sufrimientos de aquella hora serán la última llamada a conversión a los pecadores y la última purificación de los elegidos. Cuándo y cómo sucederá esto, es inútil indagarlo; es secreto de Dios. Importa más reflexionar que desde la muerte y resurrección de Cristo en adelante toda la historia está orientada a la parusía y, por ello, debe servir de preparación a la vuelta gloriosa del Señor. Las vicisitudes y tribulaciones de hoy como las de 563 mañana, bien de los individuos bien de los pueblos, tienen como único objeto disponer a los hombres para la venida final de Cristo y para su glorificación en él: «Entonces —dice el profeta— se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro (de la vida)» (Dn 12, 1), o sea los contados entre los elegidos. La liberación será plena, participando también en ella la materia por la resurrección de los cuerpos. Pues los justos resucitarán «para vida perpetua» y «brillarán como el fulgor del firmamento»; los que más hayan contribuido a la salvación de los hermanos serán «como estrellas por toda la eternidad» (ib 2-3). Bella distinción que prevé la gloria particular reservada a la Iglesia, a los apóstoles. Pero estará también la contrapartida: cuantos hayan resistido a la gracia resucitarán «para ignominia perpetua», consumándose así la ruina que ellos quisieron con su obstinada oposición a Dios. Otro punto de contacto de ambos textos es la intervención de los ángeles en favor de los elegidos