Domingo 3 de Octubre del 2021

No seamos duros de corazón

Es agradable saber que un varón y una mujer que conocemos van a casarse. Son dos personas que, por amor, se sienten llamadas a compartir el resto de sus vidas.

Primera Lectura

La primera lectura, el salmo responsorial y el Evangelio convergen en el tema de la familia. Del Antiguo Testamento se lee la estupenda página del Génesis (2, 18-24) en la que Dios hace desfilar ante el hombre «Todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo» (ib 19) para que le dé a cada uno un nombre y vea si entre ellos encuentra una «ayuda adecuada». Adán pone nombre a cada animal, pero ninguno de ellos satisface su necesidad de compañía y amor. Entre tanta variedad de seres el hombre se encuentra solo, distanciado de ellos por el don altísimo de la inteligencia y de la voluntad que le hace «imagen» de Dios. Dios entonces provee a llenar su soledad: «No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada» (ib 18). Crea entonces a la mujer y cuando se la presenta, Adán prorrumpe en una exclamación de alegría, reconociendo en ella a la compañera del todo semejante: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!» (ib 23). Creada para ser ayuda del varón, la mujer lo completa, lo mismo que ella es completada por él. Idéntica naturaleza humana la de ambos, pero diferenciada en dos sexos que en plan de Dios tienen la gran función de integrarse, sostenerse mutuamente y colaborar con él a la multiplicación de la especie humana. Concluye, pues, el texto: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (ib 24). La indisolubilidad del matrimonio tiene aquí su raíz y su razón profunda y sagrada.

Salmo

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos: comerá del fruto de su trabajo, será dichoso, le irá bien.

Segunda Lectura

En la carta a los hebreos se nos muestra a Jesús como el que se unió a todos los hombres en una misma condición, para conducirlos al Reino eterno al salvarlos por medio de su muerte.

Evangelio

Cuando los fariseos interrogaron a Jesús acerca del divorcio (Mc 10, 2-16) que Moisés había permitido en ciertos casos, no hizo distinción alguna y lo abrogó del modo más absoluto refiriéndose justamente a este texto de la Escritura. El Señor declara que las normas mosaicas fueron dadas por la «terquedad» de los hombres (ib 5), mientras que al principio de la creación no había sido así, pues al crear al hombre y a la mujer, Dios los quiso unidos «de modo que no fuesen dos, sino una sola carne». Y concluye: «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (ib 9). Y remacha luego esta enseñanza a sus discípulos que le piden explicaciones ulteriores. De este modo la indisolubilidad del matrimonio ya afirmada en los albores de la humanidad es restablecida plenamente por Jesús. Ella asegura la estabilidad y la santidad de la familia no sólo para bien de los cónyuges, sino también de los hijos. Muy oportunamente el Evangelio del día termina con el trozo referente a los niños. Jesús dice a los discípulos que, molestos por el continuo asedio de los pequeños al Maestro, querían alejarlos: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios» (ib 14); y al abrazarlos y bendecirlos, cierto que acogía y bendecía a las madres que se los presentaban. El cometido de los padres cristianos es precisamente «inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos amorosamente recibidos de Dios» (LG 41). Repitiendo el gesto de las mujeres judías, los padres deben llevar a sus Hijos ante Jesús para que, bendecidos por él y creciendo en su escuela, conserven la inocencia y sean un día introducidos en el Reino de los cielos preparado para ellos. Así el matrimonio coopera a la difusión del Reino de Dios, como coopera también, pero por otros caminos, la virginidad consagrada. Dos vocaciones diferentes, pero igualmente necesarias y complementarias. Lo que hacen los padres en el ámbito de la familia para la educación cristiana de sus hijos, cumplen los consagrados en la sociedad en favor de los hijos ajenos, especialmente de los más abandonados y necesitados de guía para encontrar a Jesús y vivir según el Evangelio.