Domingo 25 de Julio del 2021

«Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente»

El tema central de este día es la providencia de Dios que satisface todas las necesidades del hombre.

Primera Lectura

Tomada del libro segundo de los Reyes (4, 42-44), se lee la multiplicación de los panes obrada por Eliseo, figura y preludio de la realizada unos ocho siglos más tarde por Jesús y que se lee en el Evangelio de Juan (6, 1-15). Un hombre se presenta al profeta con «veinte panes de cebada» y recibe de él la orden de distribuirlos a su gente: cien hombres. El siervo objeta que la provisión es insuficiente, pero Eliseo repite la orden en nombre de Dios: «Esto dice el Señor: "Comerán y sobrará"» (2 Re 4, 43).

Salmo

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus Beles... Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo. Abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente. El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones.

Segunda Lectura

Si el milagro de Eliseo es figura de la multiplicación de los panes realizada por Cristo, ésta es preparación y figura de un milagro mucho más estrepitoso, el eucarístico. No casualmente la descripción de los gestos del Señor — «tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió» (Jn 6, 11)— anticipa casi a la letra los gestos y las palabras de la institución de la Eucaristía. Luego de haber proveído tan largamente al hambre de los cuerpos, Jesús proveerá de modo divino e inefable a la de los espíritus. Alimentados de un único pan, el Cuerpo del Señor, los fieles forman un solo cuerpo, el Cuerpo místico de Cristo. Esta realidad basa el deber de la caridad y de la solidaridad cristiana de que habla San Pablo en la segunda lectura (Ef 4, 1-6) exhortando a los fieles a «mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz», porque «hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, un Señor, una fe» (ib 4-5).

Evangelio

El milagro se repite, pero de modo mucho más imponente en los herbosos altozanos de Galilea cuando Jesús, subido a un monte con los discípulos, se ve rodeado de una gran muchedumbre que acudía a él (Jn 6, 5). Como Eliseo había proveído al hambre de sus discípulos, así Jesús provee a la de la gente que le sigue para escuchar su palabra. Pero mientras allí veinte panes saciaron a cien hombres, aquí sólo cinco panes y dos peces sacian a unos cinco mil; en ambos casos quedan las sobras —doce canastas en el hecho evangélico—, para demostrar que Dios no es avaro en proveer a las necesidades de sus criaturas. «Abres tu mano —canta el salmo responsorial— y sacias de favores a todo viviente» (SI 145, 16). Entonces ¿cómo es que hay tanto hambriento en el mundo? Reflexionemos. No se operaron los dos 277 milagros de la nada, sino a base de unas escasas, más bien escasísimas, provisiones: los veinte panes ofrecidos a Eliseo por el hombre de Baal-Salisá, y los cinco panes y dos peces suministrados a Jesús por un muchacho que los había traído consigo. Dios omnipotente puede hacerlo todo de la nada, pero frente a su criatura libre normalmente no obra sin su concurso. Lo que el hombre puede hacer es siempre poco, pero Dios lo quiere y hasta lo exige como condición previa a su intervención. Si hoy hay tanta gente que no encuentra pan suficiente para su hambre, ¿no dependerá de que quien nada en la abundancia no sabe ofrecer para los hermanos al menos lo superfluo? El hombre que en tiempo de carestía llevó las primicias de su pan a Eliseo, y el muchacho que cedió lo poco que tenía para que Jesús lo multiplicase, no encuentran muchos seguidores ni siquiera entre los creyentes. Cuando el hombre hace lo que está de su parte, Dios —siempre misericordioso y omnipotente— no deja de intervenir haciendo fructificar sus obras buenas. Santos como el Cottolengo o Don Guanella lo han experimentado hasta milagrosamente. Jesús que se conmueve y se preocupa por la muchedumbre hambrienta, llama a los fieles a la comprensión diligente de las necesidades ajenas, no se limite a buenas palabras, sino que llegue a una ayuda concreta.