Domingo 11 de Julio del 2021

Confiar siempre en Dios

Jesús envió a sus discípulos a predicar la conversión. Ellos hacían un llamado a las personas para que volvieran su mente y su corazón hacia Dios. Ellos partieron sin nada para el camino.

Primera Lectura

Los profetas y los apóstoles reciben un mandato especial, de los que habla la primera lectura y el trozo evangélico (Mc 6, 7-13). Es Dios quien los llama, eligiéndolos con libertad absoluta entre cualquier categoría de personas, con preferencia evidente por los más humildes y sencillos. Ahí tenemos a Amós, elegido no entre profetas profesionales, sino entre pastores: «El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel» (Am 7, 15). Dios lo envía a una tierra extraña a predicar la justicia; resulta, pues, odioso al sacerdote del lugar que querría expulsarlo. Pero Amós no flaquea, fortalecido por la conciencia de la vocación divina que le impone hablar a todos con libertad; no busca su interés, ni pretende congraciarse con los hombres, sino sólo llevarles a éstos la palabra de Dios.

Salmo

«Quiero escuchar qué dice Dios; pues, habla el Señor de paz para su pueblo» (SI 85, 9). Oh Dios, que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad; mira tu inmensa mies y envíale operarios, para que sea predicado el Evangelio a criatura, y tu grey, congregada por la palabra de vida y sostenida por la fuerza de los sacramentos, camine por las sendas de la salvación y del amor.

Segunda Lectura

El plan de salvación, presentado hoy en la segúnda lectura (Ef 1, 3-14) puede servir como punto de partida para la meditación de la liturgia de la Palabra. S. Pablo se remonta a la llamada eterna de los creyentes a Ia salvación, bendecidos en Cristo, elegidos «en la persona de Cristo antes de crear el mundo» (ib 4), predestinados por Dios «a ser sus hijos» (ib 5). Este grandioso designio de misericordia se realiza mediante Cristo Jesús; su sangre redime a los hombres del pecado y les confiere «el tesoro de su gracia» (ib 7). Pero requiere también la colaboración de cada uno: la fe y el empeño personal para ser «consagrados e irreprochables ante él por el amor» (ib 4). Es obvio que después de haber recibido tantos beneficios «la Verdad, la extraordinaria noticia de que habéis sido salvados» (ib 13), los creyentes se conviertan en mensajeros de ella para sus hermanos. Nadie puede pensar que la llamada a la salvación y santidad se agote en la atención al bien personal propio; no sería ya santidad cristiana, la cual se realiza en la caridad de Cristo que ha dado la vida para la redención de la humanidad entera, y en la caridad del Padre celestial que abraza a todos los hombres. Aunque de maneras diferentes, todo cristiano está obligado a transmitir a los otros «el Evangelio de la salvación».

Evangelio

Ahí tenemos a los Apóstoles, elegidos por Jesús entre la gente humilde del pueblo, hechos partícipes de su misión y de su autoridad. «Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos» (Mc 6, 7), dándoles el encargo de predicar la conversión, y el poder de arrojar los demonios y curar los enfermos. Jesús exige de ellos un comportamiento totalmente sencillo y desinteresado: no llevar nada para el viaje fuera de lo estrictamente necesario, no preocuparse de tener reservas para el sustento, sino confiarse a la providencia del Padre celestial, el cual les proveerá de todo mediante la hospitalidad —más o menos generosa— que se les ofrezca en los lugares que visiten. Si las condiciones y costumbres de la sociedad moderna no permiten atenerse estrictamente a estas normas, es empero necesario conservar su espíritu de pobreza y desasimiento. Como colaboradores del que ha venido a evangelizar a los pobres, los apóstoles de todos los tiempos deben, lo mismo que él, ser pobres entre los pobres, y ricos sólo por la vocación recibida y por la gracia y Espíritu de Cristo. Si no se predica así el Evangelio —con desinterés y entrega total—, ni es aceptado ni convence. Por otra parte también los destinatarios de la palabra de Dios tienen un deber que cumplir: aceptarla dócilmente, reconociendo en el profeta o apóstol al enviado de Dios y proveyendo con caridad a sus necesidades, «porque el, obrero merece su sustento» (Mt 10, 10). El que rechaza y no escucha a los ministros del Señor, resiste a la gracia y se cierra el camino de la salvación.