Domingo 11 de Octubre del 2020

«Señor, tú preparas una mesa ante mí» (Sl 23, 5).

La Liturgia de este domingo presenta la salvación bajo la imagen de un banquete preparado por Dios para todos los hombres...

Primera Lectura

La Liturgia de este domingo presenta la salvación bajo la imagen de un banquete preparado por Dios para todos los hombres: «Preparará el Señor de los Ejércitos Para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera... Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos... Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros» (Is 25, 6-8; 1.8 lectura).Festín suntuoso que revela la magnificencia del que lo da y es símbolo de la salvación ofrecida por Dios, pero oculta durante muchos siglos a los pueblos, los cuales la conocerán con la venida del Mesías. La destrucción de la muerte y de! dolor lleva a pensar lógicamente en un futuro allende la vida terrena; se trata de la bienaventuranza eterna anunciada con expresiones idénticas en el Apocalipsis: «Dios... enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte» (21, 4).

Salmo

Ayúdame, Señor, a dejarme de malas y vanas excusas y a ir a esa cena que nos nutre interiormente. No sea la altanería del, orgullo impedimento para ir al festín, elevándome jactanciosamente, ni una curiosidad ilícita me apegue a la tierra, distanciándome de Dios, ni estorbe la sensualidad a las delicias del corazón. Haz que yo acuda y me engrose. ¿Quiénes vinieron a la cena, sino los mendigos, los enfermos, los cojos, los ciegos? No vinieron a ella los ricos sanos, es decir, los bien hallados, los listos, los presuntuosos, tanto más sin remedio cuanto más soberbios. Vendré como pobre; me invita quien, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecer con su pobreza a los pobres. Vendré como enfermo, porque no han menester de médico los sanos sino los que andan mal de salud. Vendré como lisiado y te diré: «Acomoda mis pies a tus caminos». Vendré como ciego y diré: «Alumbra mis ojos para que nunca me duerma en la muerte». (S.AGUSTIN,Sermon 112, 8).

Segunda Lectura

Para Pablo, el secreto de una vida feliz estaba en las manos de Dios. Nosotros también encontraremos la felicidad cuando el llamamiento de Dios se convierta en nuestra pasión por vivir.

Evangelio

En el Evangelio del día (Mt 22, 1, 14) el convite de la salvación adquiere una fisonomía nueva, la nupcial. Dios llama a todos los hombres a participar en las bodas de su Hijo con la naturaleza humana, comenzadas con su encarnación y consumadas con su muerte de cruz. «El Reino de los Cielos separece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir» (ib 2-3). El rey es Dios,el banquete es la salvación traída por el Hijo de Dios hecho hombre, los siervos son los profetas y apóstoles, los invitados que rehúsanvenir o maltratan y dan muerte a los criados son los judíos y todos los que como ellos rechazan a Jesús. Se verifica una situación semejante a la de la parábola de los viñadores malvados (domingo precedente); sin embargo, hay una diferencia notable. A los viñadores se les exigía algo debido, o sea los frutos de la viña que se les había confiado; aquí, en cambio, nada se exige, sino todo se ofrece; allí se rehusaba lo que tenía que darse en justicia, aquí se rechaza lo que se ofrece con bondad y magnificencia sumas. Es la repulsa al amor de Dios. Es la actitud del hombre convencido de que no necesita de salvación o del que hundido en negocios terrenos considera tiempo perdido pensar en Dios o en la vida eterna. Estos tales van a la ruina, mientras otros son invitados en su lugar. «La boda está preparada» (ib 8). El Hijo de Dios se ha encarnado y se ofrece en sacrificio por la salvación de la humanidad. Dios por eso continúa renovando su invitación: «Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda» (ib 9). La sala del festín, llena ya de comensales «malos y buenos» (ib 10), representa a la Iglesia abierta a todos los hombres y siempre semejante al campo en que la cizaña crece en medio del grano. Ser invitados y haber entrado en el festínno significa poseer ya la salvación definitiva. En efecto, hay un hombre que no lleva traje de boda, y es arrojado «fuera, a las tinieblas» (ib 13), no precisamente por carecer de traje exterior, sino por no tener las disposiciones internas necesarias para la salvación. Es el hombre que pertenece materialmente a la Iglesia, pero no vive en caridad y gracia; su fe no está acompañada de obras; tiene la apariencia de discípulos de Cristo, pero en el fondo de su corazón no es de Cristo ni para Cristo. Su pertenencia a la Iglesia no le servirá de salvación sino de condena: «porque muchos son los llamados y pocos los escogidos» (ib 14). La parábola no quiere decir que los elegidos sean pocos de modo absoluto, sino que su número es inferior al de los llamados por culpa de la ligereza de éstos en responder a la invitación divina.