«Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre»

Según la Liturgia renovada, al título del Cuerpo de Cristo añade el de la Sangre. Esto que siempre estuvo implícito —porque donde está el Cuerpo está también la Sangre del Señor y viceversa—, ahora se proclama explícitamente llamando así la atención sobre el aspecto sacrificial de la Eucaristía.

Primera Lectura

Del libro del Éxodo (24, 3-8; 1.ª lectura) se lee el texto que describe la estipulación de la Alianza entre Dios e Israel. Moisés reúne al pueblo, construye un altar, manda ofrecer en holocausto unas novillas y derrama luego su sangre, una mitad sobre el altar y la otra mitad sobre el pueblo diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que el Señor hace con vosotros, sobre todos estos mandatos» (ib 8). «Estos mandatos» eran las cláusulas propuestas por Dios y leídas con anterioridad al pueblo, referentes al decálogo que Israel se obligaba a observar y a las promesas que Dios mismo se obligaba a cumplir. Este pacto bilateral se estipulaba mediante la sangre de los animales ofrecidos en sacrificio, sangre que derramada sobre el altar y sobre el pueblo indicaba el lazo espiritual que unía a Israel con Dios.

Salmo

Oh sagrado convite, en el que se recibe a Cristo, se perpetúa el recuerdo de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura. Oh, cuán suave es, Señor, tu espíritu, pues para dar a tus hijos una prueba de tu afecto, colmas de bienes a los hambrientos con el suavísimo Pan del cielo. (STO. TOMAS DE AQUINO, Oraciones).

Segunda Lectura

La Antigua Alianza era figura de la Nueva, sellada por Cristo no con «sangre de machos cabríos ni de becerros, sino (con) la suya propia» (2.a lectura: Hb 9, 9, 11-15). Mientras en el Antiguo Testamento los sacrificios eran múltiples y tenían un valor puramente externo y simbólico, en el Nuevo hay un solo sacrificio, ofrecido «una vez para siempre» (ib 12), porque su valor es intrínseco, real e infinito. En él no hay animales degollados, ni multitud de oferentes; víctima y sacerdote se identifican en el Hijo de Dios hecho hombre, que se ofreció a sí mismo «a Dios como sacrificio sin mancha»; y su sangre tiene el poder de purificar «nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto de Dios vivo» (ib 14). No se trata ya de una purificación exterior, sino interior, que transforma al hombre por dentro, lavándolo de los pecados, para que, «vivo» por la gracia y el amor, pueda servir al «Dios vivo». La regeneración del cristiano tiene lugar en el agua bautismal; pero ésta saca su virtud de la sangre de Cristo, porque «sin efusión de sangre no hay remisión» (ib 22).

Evangelio

Pero antes de derramar su sangre en la cruz, Jesús quiso anticipar este don a los discípulos con la institución de la Eucaristía. De ella habla el Evangelio (Mc 14, 12-16. 22-26) por la relación de Marcos, que, aunque más escueto que los otros sinópticos, no omite la referencia explícita a la sangre de la antigua Alianza sustituida definitivamente por la sangre de Cristo. «Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo: "Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos"» (ib 23- 24). Con esto caducan los antiguos sacrificios y entra el nuevo, ofrecido históricamente una sola vez en el Calvario, pero renovado sacramentalmente cada día en la Santa Misa para aplicar sus méritos a los fieles de todos los tiempos y para que todos puedan acercarse y beber de esta sangre como la bebieron los discípulos en la última Cena. Así por la Sangre de Cristo la Iglesia vive y crece, los fieles son purificados continuamente de los pecados, regados por la gracia, robustecidos por el amor y reunidos en un solo pueblo. El Cuerpo y la Sangre de Cristo son el centro y el sostén de la vida cristiana. Y como son cuerpo y sangre inmolados, es necesario que el que se alimenta de ellos participe en la inmolación de Cristo abrazando con él la cruz, uniéndose con él a la voluntad del Padre y ofreciéndose con espíritu de sacrificio y expiación a todas las pruebas, trabajos y amarguras de la vida. De este modo por medio de la Eucaristía el creyente vive el misterio de la muerte de Cristo y se prepara a participar en su gloria eterna, en una comunión que no tendrá fin.